Recuerdo

Después de la muerte DiosLucas 24, 1-8
El primer día de la semana, al amanecer, las mujeres fueron al sepulcro con los perfumes que habían preparado. Ellas encontraron removida la piedra del sepulcro y entraron, pero no hallaron el cuerpo del Señor Jesús.
Mientras estaban desconcertadas a causa de esto, se les aparecieron dos hombres con vestiduras deslumbrantes. Como las mujeres, llenas de temor, no se atrevían a levantar la vista del suelo, ellos les preguntaron: «¿Por qué buscan entre los muertos al que está vivo? No está aquí, ha resucitado. Recuerden lo que El les decía cuando aún estaba en Galilea: “Es necesario que el Hijo del hombre sea entregado en manos de los pecadores, que sea crucificado y que resucite al tercer día”». Y las mujeres recordaron sus palabras.
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No son los muertos - Poema

 

Hace poco leí que esta poesía, que siempre supe que es de Gustavo Adolfo Becquer, resulta que ahora se atribuye a Antonio Muñoz Feijoo, un mexicano. No voy a discutir sobre la autoría, pero sí rescato estos versos que nos ponen, igual que la celebración del 2 de noviembre, ante el tema de la muerte. Y bien sabemos que, la autora de este hecho inevitable en todo ser viviente, siempre impone mucho respeto. Es un misterio del cual no se sabe hasta que se experimenta.

El evangelio nos pone delante de la tumba de Jesús, de su muerte y de su Resurrección. Y esto, sumado al recuerdo de todos nuestros difuntos, inevitablemente nos hace pensar en el futuro, en el qué será de nosotros y de todos aquellos seres queridos fallecidos. Y por supuesto que nuestra fe nos da una esperanza, un consuelo, y creemos en nuestra propia resurrección, así como creemos en la de Cristo. Pero, ¿qué nos imaginamos de todo esto?

Este día, más allá de crear un ambiente de recuerdo y consuelo, podría llamarnos a la reflexión acerca de lo que creemos y de cómo vivimos, antes de sólo centrarnos en el más allá, en nuestro final y en “qué nos va a pasar”. Es que el misterio de la muerte es el que más nos ocupa y preocupa. Incluso, en ocasiones, nos angustia demasiado, máxime cuando vemos que, ante este hecho, no podemos hacer nada. Tal vez por eso se agotan todos los recursos, con tal de retrasar aquél punto final. Y luego nos agarramos a todas las promesas que nos hacen, con tal de asegurar la pervivencia. En el fondo, todos queremos la eternidad, pero me parece que, en el deseo, gana el querer ser eternos biológicamente, antes que aquella eternidad prometida que no terminamos de saber bien qué y cómo es.

En esta ocasión, propongo que las energías las gastemos en el más acá y no tanto en pensar y angustiarnos por el más allá. Y esta actitud, a mi entender, nos dará más tranquilidad y, me atrevo a decir, más certeza de que después estaremos con Dios.

Aunque pueda haber más lecturas del poema citado, el mensaje central es una invitación a vivir con el alma viva. Así se llegará a vivir, en el recuerdo, aún después de muertos. Y siempre se recuerda más y mejor al que vivió haciendo el bien. Por supuesto, los malos malísimos, también ocupan memoria, pero como algo detestable a la cual no hay que llegar. En cambio, si vivimos haciendo el bien, del lado de Dios, nuestra vida dejará una huella imborrable en la vida de los que nos recuerden. Y esto, seguramente, nos abrirá las puertas al tan ansiado y consolador cielo.

Nuestra mayor preocupación tiene que estar centrada en el ahora, en el presente, en el más acá, para hacer de nuestra existencia un cielo anticipado. Pero sin confundir que ese paraíso es igual a la pura satisfacción biológica de nuestro ser. Desde nuestra fe, sabemos que somos seres trascendentes, o que pueden trascender, y reducir todo al placer personal es contradecir nuestro ser, hecho a imagen y semejanza de Dios.

Y si queremos hacer mención a la Resurrección, a la de Jesús y a la nuestra, podemos decir que, según la sana doctrina, será en un cuerpo glorioso como el de Jesús. Aunque también, si no es del mismo modo, si es distinto porque a Dios le parece que tiene que ser de otra manera o porque simplemente no lo podemos saber con certeza, vuelvo a lo anterior: Si decimos que de Dios venimos y a Dios volvemos, lo lógico será vivir como él nos propone, y el regreso está asegurado. Tal vez, lo que nos confunde es el creer que encaminando la vida “hacia el sur” vamos a terminar llegando “al norte”. Si nuestra vida es una contradicción al amor de Dios, es más difícil que volvamos a él. Aunque los milagros siempre pueden suceder.

Si vivimos con Cristo, resucitaremos con él …

 

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