Sumo Pontífice

DenarioMateo 22, 15-21
Los fariseos se reunieron para sorprender a Jesús en alguna de sus afirmaciones. Y le enviaron a varios discípulos con unos herodianos, para decirle: «Maestro, sabemos que eres sincero y que enseñas con toda fidelidad el camino de Dios, sin tener en cuenta la condición de las personas, porque Tú no te fijas en la categoría de nadie. Dinos qué te parece: ¿Está permitido pagar el impuesto al César o no? »
Pero Jesús, conociendo su malicia, le dijo: «Hipócritas, ¿por qué me tienden una trampa? Muéstrenme la moneda con que pagan el impuesto».
Ellos le presentaron un denario.
Y Él les preguntó: «¿De quién es esta figura y esta inscripción? »
Le respondieron: «Del César».
Jesús les dijo: «Den al César lo que es del César, y a Dios, lo que es de Dios».

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“Los dos días más importantes de tu vida son el día que naciste y el día en el que descubres para qué”, es una frase de Mark Twain. Este escritor norteamericano seguramente es mucho más conocido por otras obras, como “Las aventuras de Tom Sawyer”. Este puede ser el disparador para pensar el evangelio de hoy, donde Jesús abre una perspectiva nueva, aunque parezca que habla de dos caminos distintos.

Los que preguntan a Jesús acerca de pagar o no pagar el impuesto, lo sabemos claramente, quieren que el Hijo de María se equivoque. Es más, quieren saber si el Nazareno está con los fariseos, los judíos que tenían a Dios como único soberano, o si estaba con los herodianos, romanos, que tenían al César como “Sumo Pontífice” (esa es la inscripción en la moneda de la época). Si Cristo decía que no al impuesto, entonces podía ser tomado como subversivo, y si decía que sí había que pagar, entonces sería rechazado por los judíos. Una trampa que Jesús salvó “por el medio”. O tal vez sí tomó partido.

Creo que convendría no quedarnos con la antagonía entre poder humano y divino, que siempre se ha querido ver en este texto evangélico. Sólo entender que hay que elegir entre el poder religioso o el político, o alabar al primero y demonizar al segundo, no es la propuesta de Jesús, al menos a mi entender. Aquí tenemos que mirar más en profundidad.

En las palabras del Mesías, y en sus actos, podemos leer que él no le da ninguna soberanía al César, no le reconoce ninguna investidura divina, ningún poder, como sí lo creían los mismos romanos. Pero tampoco está diciendo que entonces el todopoderoso es Dios. Sí creo que aquí se está dando un lugar a cada cosa y las cuestiones humanas hay que atenderlas, como así también las divinas.

Atender las cuestiones humanas, si hablamos de organización social y de política, al menos deberíamos tener en cuenta que lo importante siempre es la persona. Por lo tanto, ninguno que está arriba, llevando una nación, por ejemplo, debería “servirse de”, sino que debería estar “al servicio de”. Lo lamentable es que, en toda época, una vez que se ha llegado arriba se asume que “la moneda de curso legal” tiene el rostro del que dirige y que, sobre todo, dice “Sumo Pontífice”. Los que están al mando, están para servir.

¿Y los que están abajo? También están para servir. Aquí es donde, me parece, engarza lo anterior con el “darle a Dios lo que es de Dios”. ¿Qué hay que darle a Dios que le pertenece? La respuesta es una sola: La persona. El hombre, dice la escritura, fue creado a imagen y semejanza de Dios. Esto es un privilegio, por lo tanto, lo de Dios debería volver a Dios. Y cómo se hace, es lo que hay que aprender. La mejor forma es el camino propuesto por Jesús. Y donde más se evidencia es en el amor al prójimo, en el servicio a los demás. Los de abajo entonces, también están para servir. Es que Jesús no quiere jefes ni poderosos, aunque haya un orden civil; lo que quiere es que tengamos el mismo trato los unos con los otros. De hecho él mismo, de quien podríamos decir que tiene más que autoridad, dice: “Ya no los llamo siervos, porque el siervo no sabe lo que hace su señor; sino que los llamo amigos, porque les he dado a conocer todo lo que he oído de Mi Padre” (Jn 15, 15).

Aquí es donde, si me permiten la comparación, nos sirve la frase de Mark Twain. El primer día más importante es el día en que nacimos, hechos a imagen y semejanza de Dios.  El segundo día más importante es en el que descubrimos para qué hemos nacido y me parece que hemos nacido para volver a Dios, y eso se hace por amor y por servicio a los hermanos. No hay otro camino.

Los “Sumos Pontífices” o no existen o sólo están para hacer lo mismo que el resto: Amar y servir.

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