Perros

Jesús es nuestra salvaciónMateo 15, 21-28
Jesús partió de Genesaret y se retiró al país de Tiro y de Sidón. Entonces una mujer cananea, que procedía de esa región, comenzó a gritar: «¡Señor, Hijo de David, ten piedad de mí! Mi hija está terriblemente atormentada por un demonio». Pero El no le respondió nada. Sus discípulos se acercaron y le pidieron: «Señor, atiéndela, porque nos persigue con sus gritos». Jesús respondió: «Yo he sido enviado solamente a las ovejas perdidas del pueblo de Israel». Pero la mujer fue a postrarse ante Él y le dijo: «¡Señor, socórreme! » Jesús le dijo: «No está bien tomar el pan de los hijos, para tirárselo a los cachorros». Ella respondió: «¡Y sin embargo, Señor, los cachorros comen las migas que caen de la mesa de sus dueños! » Entonces Jesús le dijo: «Mujer, ¡qué grande es tu fe! ¡Que se cumpla tu deseo! » y en ese momento su hija quedó sana
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“12 años de esclavitud” es el título que le dan, en español, a la película, basada en un hecho real. La historia que se presenta es la de Solomon, un negro libre que es secuestrado en New York, para ser vendido como esclavo, en el año 1841. Es un film que creo que merece la pena ver, a pesar (es mi punto de vista) de ser un poco lento el desarrollo y contener escenas muy fuertes. Incluso se cita la Biblia, en sus diálogos, para justificar las acciones de los amos. Y claro que lo que pasa en el Evangelio no tiene nada que ver (o sí) con esclavos que recogen algodón en el sur de los Estados Unidos, pero ambos, relato bíblico y producción cinematográfica, se encuentran en un punto.

Tenemos a Jesús que resulta un tanto antipático. Es muy duro en las respuestas que le da a la mujer, cuando ésta le pide que libere a su hija de un demonio. Y más displicentes son los discípulos que quieren quitársela de encima. En la traducción “dulcificada” que tenemos del evangelio vemos que se usa el término “atiéndala”, en boca de los apóstoles, cuando la palabra en griego utilizada es “apoluson”, que significa rechazar, despedir. Aquella mujer molesta, no es del grupo elegido, es pagana y por lo tanto no tiene por qué venir a molestar al Maestro.

Que Jesús finalmente cure a aquella extranjera nos dice mucho, especialmente si pensamos en la salvación: Es para todos. Para todo aquél que la quiera y la busque, porque a nadie se obliga. Sin embargo, que Cristo ponga cierta resistencia a lo que le pide aquella Cananea, nos hace pensar. Opción uno: Él hizo eso para que al final todos se dieran cuenta de que hay que pedir con insistencia y que, finalmente, la salvación es para todos. (A mi entender, muy simple el razonamiento, aunque no por eso menos cierto). Opción dos: Jesús, judío, hijo de su tiempo y su cultura, actuó como tal, pero no se quedó encerrado en un esquema que ahogaba el accionar de Dios. Rompe con “las ataduras” y responde a su divinidad: Ha venido para todos, incluso para aquella que no tenía derecho a acercarse a pedir, y cura y libera a la que le pide auxilio. Así es como actúa Dios. Tal vez haya una opción tres, pero la dejamos más para otra disquisición teológica.

Esto no puede menos que cuestionar nuestra forma de entender a Dios y la religión que profesamos. Y por supuesto, ver nuestro accionar. Es así que vuelvo a traer la película citada, 12 años de esclavitud. En ella vemos situaciones, actitudes que, en principio, todos rechazamos. El racismo, la segregación, el maltrato, vistos desde nuestra fe, no son queridos por Dios.Y ver este film nos reafirma en esta postura, aunque tal vez todavía sigamos viviendo con un esquema parecido al que se plantea de fondo: La intolerancia y lo privativo.

En el evangelio tenemos una gran declaración: La no exclusividad. Si en algún momento los judíos que seguían a Jesús pensaron que él y su mensaje, el Mesías, era para unos pocos elegidos, se tuvieron que tragar la elite. Cristo viene para todos, incluso para los que llaman paganos. Y a pesar de que esto lo entendemos, a veces tengo la impresión de que los católicos apostólicos de la nacionalidad que sean, seguimos pensando de una forma excluyente. Hay una cierta intolerancia con todos aquellos que “no pertenecen a nuestra religión”. Si alguien no es de los nuestros, y bueno, tiene derechos, pero casi que se lo deja de lado. Esto se ve en el trasfondo de comentarios que escucho, como: “Y, padre, es fulano de tal, es protestante”, o, “lo que pasa es que son anglicanos, evangelistas, mormones, luteranos”, como dando una razón, para comprender lo inferiores y desdichados que son por no estar en nuestras filas.

Y entre católicos, pasa algo parecido, aunque más solapado. Hay una especie de “clase religiosa”. Y algunos creen que por pertenecer a un movimiento católico específico, o porque están más formados, o porque cumplen más a rajatabla lo que entienden que es “lo auténtico”, entonces tienen más derechos a esa salvación prometida. Ellos son los correctos, los demás unos pobres que la misericordia de Dios acogerá. Tal vez, además de las Gracias del Señor, esto también sea la herencia que recibimos del actuar de la Iglesia durante siglos, aunque felizmente parece que hemos o estamos dejando atrás.

Aquí cabe, al menos, una pregunta: ¿Cómo actuamos, cómo pensamos, cómo somos? ¿Estamos más cerca de pensar que la salvación es exclusiva para los católicos apostólicos o para todo aquél que acepte a Dios en su vida, aunque esa persona no nos caiga bien?

Continuando, podemos ver que aquella película, para nada religiosa, cita la Biblia, en boca de los amos déspotas, para justificar sus abusos, aunque la otra cara del film nos muestra que la fe que se esgrime para someter es la misma que a los esclavos les da esperanza. Si me permiten, un mismo argumento para matar o salvar. Y aquí es donde se sitúa la mujer cananea. Ella sabe que no puede acercarse a pedir lo que pide. Sabe que la pueden echar fuera, como quieren hacer los discípulos, sin embargo cree, confía, espera, insiste, dialoga, razona con Jesús, porque entiende, en el fondo de su corazón, que Dios, el verdadero Dios, nunca desoye una petición

Jesús vino para salvar, para dar vida, para perdonar, sin distinción de credos, y es lo que proclama con su actuación. También para nosotros vale esto. Para saber que él también nos cura y libera si así se lo pedimos y, al mismo tiempo, debemos aceptar el llamado a la unidad de todos los que nos decimos hijos de Dios. Debemos sentir con el que otro, con el que sufre y está alegre, y ayudar, auxiliar, al que, decimos, “no es de los nuestros”.

Mantengámonos firmes, perseveremos, con la actitud de aquella mujer, o con la del esclavo Solomon que llega a decir: «No quiero sobrevivir, quiero vivir… Voy a sobrevivir, no perderé la esperanza, me mantendré fuerte hasta que recupere mi libertad». Y Dios, el mío, el tuyo, el nuestro, el de todos, él es nuestra libertad.

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