Despierta

Hacer la voluntad de DiosMateo 13, 44-52
Jesús dijo a la multitud: El Reino de los Cielos se parece a un tesoro escondido en un campo; un hombre lo encuentra, lo vuelve a esconder, y lleno de alegría, vende todo lo que posee y compra el campo. El Reino de los Cielos se parece también a un negociante que se dedicaba a buscar perlas finas; y al encontrar una de gran valor, fue a vender todo lo que tenía y la compró. El Reino de los Cielos se parece también a una red que se echa al mar y recoge toda clase de peces. Cuando está llena, los pescadores la sacan a la orilla y, sentándose, recogen lo bueno en canastas y tiran lo que no sirve. Así sucederá al fin del mundo: vendrán los ángeles y separarán a los malos de entre los justos, para arrojarlos en el horno ardiente. Allí habrá llanto y rechinar de dientes. «¿Comprendieron todo esto? » «Sí», le respondieron. Entonces agregó: «Todo escriba convertido en discípulo del Reino de los Cielos se parece a un dueño de casa que saca de sus reservas lo nuevo y lo viejo».

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«Sólo se volverá clara tu visión cuando puedas mirar en tu propio corazón. Porque quien mira hacia afuera sueña, y quien mira hacia dentro despierta». Esta es una afirmación que hace Carl Jung, aquél médico psiquiatra suizo. No vamos a hacer ningún análisis psicológico, pero es una frase que ciertamente deja muchos interrogantes. Máxime cuando uno (tal vez un preconcepto) piensa que mientras más conozca mundo más va a saber de la vida. Sin embargo el planteamiento qué el hace es hacia dentro de uno mismo, lo mismo que propone Jesús en sus parábolas. Jung y Jesús hablan desde dimensiones muy distintas, aunque tal vez coincidan (los hacemos coincidir) en algo que a nosotros nos devuelve el norte.

Tenemos tres parábolas que nos hablan de un tesoro único. Las dos primeras coinciden mucho en que hay que vender para poder obtener lo que se encuentra. Y, visto sin un sentido espiritual, podríamos decir que hacen, según el dueño del campo y el comerciante de perlas, un buen negocio. Incluso (inventando un final) cabe la posibilidad de que luego vendieran lo encontrado a un valor exorbitante, con tal de recuperar lo invertido, si no, con qué iban a vivir. Estar abrazados al tesoro o a la perla no les iba a dar de comer.

Pensar con un sentido más transcendente nos lleva a otras consideraciones. Descubrir la valía del Reino de Dios hace que nos despojemos de todo aquello que nos ata y no nos deja tener el gran tesoro descubierto. ¿Acaso no estaríamos dispuestos a darlo todo con tal de obtener la gran felicidad? Eso que parece que entendemos que nos promete Jesús, ese paraíso, todos lo deseamos, aunque incluso no sepamos bien a qué se refiere. ¿Será el cielo? ¿Será la Palabra de Dios? ¿Será el mensaje y la propuesta nueva de vida que hace Cristo? ¿Será la fe?

En primer lugar sería interesante saber qué es el tesoro, principalmente para poder reconocerlo. Aquellos de la parábola reconocieron lo que encontraron, probablemente porque sabían qué buscaban. Y en nuestro caso, si no sabemos bien qué queremos y a qué tesoro nos estamos refiriendo, difícilmente lo reconozcamos, aunque lo tengamos delante de nuestros ojos. San Agustín llega a decir: «Tarde te amé, hermosura tan antigua y tan nueva, tarde te amé. Tú estabas dentro de mí y por fuera te buscaba». Y si bien esta (la llamo) oración denota lamento, aunque también gozo de amar finalmente, también evidencia que Agustín sabía qué buscaba. Él le llama, desde el principio, la verdad. Quiere saber y descubrir la verdad y sabe que la encontró cuando encontró a Dios.

Tendríamos que pensar bien si buscamos ese tesoro y si de verdad lo queremos. No podemos confundirlo con lo que no es, aunque tengan mucho que ver con Dios. Porque Dios mismo es el tesoro, es el Reino. Jesús está feliz porque él mismo cae en la cuenta de que él y el padre son uno. Nosotros deberíamos plantearnos esta búsqueda y descubrimiento, si aún creemos que, en verdad, no lo tenemos del todo a Dios. No se puede confundir con la religión, ni con las normas y preceptos que se cumplen. No debemos pensar que porque tengo a qué o a quién aferrarme en los momentos difíciles, entonces tengo el tesoro. Dios no sólo es milagros para nuestra vida.

Este es un sendero interior que sólo lo podemos andar cada uno y nadie lo puede hacer pon nosotros. Está muy bien el sentirnos a gusto y con calorcito en el corazón cuando escuchamos a alguien que nos habla de Dios y de su experiencia, o cuando leemos algo que realmente nos eleva el espíritu. Eso nos ayuda, nos orienta, pero el tesoro sigue siendo de quien habla o escribe. No nuestro.

¿Qué hacer? Tomar conciencia de que la felicidad, Dios, está dentro de nosotros. No en las luces que deslumbran por afuera. Y con esto no quiero decir que debemos ser unos amargados y demonizar lo lindo de este mundo. Pero para encontrar este gran tesoro hay que empezar a andar un camino hacia dentro. Y nos iremos dando cuenta de que es Dios a quién encontramos cuando nos sintamos cada vez más plenos y al mismo tiempo cada vez más humanos. Cuando sienta al otro como propio, porque es a Dios a quien tengo, no me importará dejar lo que sea, con tal de no perderlo. A tal punto de poder decir con san Agustín: “La medida del amor es el amor sin medida”. No hay límites, como no tiene límites el amor de Dios hacia nosotros.

¿Qué tesoros creemos tener? ¿A qué Dios hemos encontrado? Tal vez todavía nos toca despertar, para poder ver con claridad, qué tenemos en el corazón.

A veces creo que he encontrado, a veces no, pero sí tengo claro: Quiero encontrar-te, Dios.

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