Prison Break

Prison BreakMateo 16, 13-19
Al llegar a la región de Cesarea de Filipo, Jesús preguntó a sus discípulos: «¿Qué dice la gente sobre el Hijo del hombre? ¿Quién dicen que es? » Ellos le respondieron: «Unos dicen que es Juan el Bautista; otros, Elías; y otros, Jeremías o alguno de los profetas». «Y ustedes, les preguntó, ¿quién dicen que soy? » Tomando la palabra, Simón Pedro respondió: «Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo». Y Jesús le dijo: «Feliz de ti, Simón, hijo de Jonás, porque esto no te lo ha revelado ni la carne ni la sangre, sino mi Padre que está en el cielo. Y Yo te digo: Tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, y el poder de la muerte no prevalecerá contra ella. Yo te daré las llaves del Reino de los Cielos. Todo lo que ates en la tierra, quedará atado en el cielo, y todo lo que desates en la tierra, quedará desatado en el cielo».

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Una serie de televisión que seguí con mucho entusiasmo fue Prison Break. Bien podemos traducir el título como Escapar de prisión o la fuga. Esta es la historias de dos hermanos. Uno de ellos, Lincoln, está en la cárcel, condenado a muerte por un crimen que no cometió. El otro, Michael, es un ingeniero que asalta un banco con el propósito de ser capturado y encarcelado en la misma prisión en la que está su hermano esperando ser ejecutado. Todo con el fin de escapar, los dos, de la penitenciaría, utilizando los planos con los que fue edificado el penal y que Michael los lleva tatuados, bajo figuras extrañas, en todo el cuerpo.

Hoy celebramos la fiesta de San Pedro y San Pablo, lo cual, con solo leer la primera lectura, me llevó a recordar esta serie. En los Hechos de los apóstoles vemos como Pedro, con ayuda del ángel, escapa de la cárcel. Pero no es la única razón por la cual cito aquella serie televisiva, sino porque pensando en Pedro y Pablo y en los personajes de la televisión, creo encontrar una similitud que nos puede ayudar en la reflexión de la palabra de Dios.

Por un lado tenemos a Pedro, a quien Jesús encomienda ser la piedra donde edificará su Iglesia (aquí debemos entender pueblo de Dios, no lo que tal vez pensamos, la Iglesia jerárquica), incluso dándole potestad para atar y desatar en la tierra y en cielo. Esto después que Pedro confesara lo que el Espíritu le reveló en el corazón.

Y me gusta poner la atención en Pedro, no por ser el elegido, sino porque, si lo miramos de cerca, es el que más se parece a nosotros, o al revés. Es uno hombre que, aun haciendo una confesión de tal magnitud como la de hoy, no deja de ser el que cree, pero duda, el que confiesa, pero niega, el que es fuerte y débil a la vez. el cobarde y el que es capaz de morir por amor a Cristo. Y estas características son, a mi entender, las que nos vuelve semejantes a él. Aun con mucha fe en Dios que decimos tener, hay momentos que nuestros actos la contradicen. El común denominador, seguramente, es la humanidad y fragilidad que compartimos.

San Pablo es un hombre mucho más intelectual y mejor formado que Pedro. Podríamos definirlo como el más seguro en sus convicciones, tanto para ir en contra como a favor de Cristo, y es el que arriesga más allá de las fronteras. El que lleva un corazón encendido por Dios, con la fortaleza de su convencimiento apoyado en la razón. Y algo de él también tenemos. Quién no ha sentido en algún momento que realmente puede cambiar y ser un completo coherente y fiel al amor de Dios. Cuestión que sólo es posible con la Gracia del mismo Señor.

Pedro y Pablo, dos hombres muy distintos pero con algo en común: Ambos tuvieron une experiencia interior de Dios que los llevó a dar su vida con tal de anunciar lo que escucharon y encontraron en Jesús. Así, si me permiten la comparación, son Lincoln y Michael, los personajes de la serie. El primero parecido a Pedro, que se deja llevar más por los impulsos, a diferencia del segundo que está más cerca de Pablo, quien desde una estrategia estudiada y bien razonada quiere, sin lugar a duda alguna, llevar adelante la fuga de la cárcel. Estos dos hermanos, aunque muy distintos, también tienen un mismo objetivo: Escapar.

Así, ya que celebramos San Pedro y San Pablo, más allá de pensar que es un día que señala la Iglesia, como si fuera el día del periodista, del arquitecto o de la secretaria, en este caso el día del Papa, deberíamos convencernos de que también nosotros, aunque muy distintos como somos, tenemos igual misión que aquellos dos apóstoles. Estamos para seguir llevando adelante el mensaje de Cristo, no únicamente para cumplir con unas normas y ritos de la religión. Si aquellos dos transformaron un mundo llevando el mensaje de Jesús, ¿acaso no debemos hacer más ya que somos unos 2.100 millones de cristianos en el mundo, o si quieren, unos 1.300 millones de católicos?

Pero debo decir, tengo la impresión de que Pedro y Pablo convencieron más que ahora. Es un hecho el que cada vez convence menos la Iglesia a las personas. ¿Por qué razón? Tal vez porque los apóstoles transmitían una vivencia interior muy profunda. Habían experimentado la presencia divina en sus corazones. En cambio ahora más nos centramos en transmitir una doctrina y no a Dios mismo. Tal vez pensamos que sabiendo lo que Dios manda (¿será que manda tanto y del modo que decimos que lo hace, o nos lo hemos inventado un poco?) de ese modo ya estamos evangelizando. Conclusión: Es posible que cada vez se descubra menos a un Dios vivo.

Hoy necesitamos a muchos Pedro y Pablo, que debemos ser nosotros. Personas convencidas, aun con falencias y limitaciones, pero que buscan tener una experiencia viva y profunda de Dios en el corazón, para poder transmitir una vida nueva a los demás. Si no, somos letra escrita y muerta.

Si Pedro es piedra, es piedra viva que forma parte de la construcción del pueblo de Dios del cual también debemos formar parte, porque somos otras piedras vivas y hemos palpado el mismo amor de Dios que nos hace amarlo a cualquier precio. El Señor quiere seguir construyendo su pueblo y para eso cuenta con nosotros, como lo hizo con Pablo y Pedro. ¿Qué estamos esperando para ponernos manos a la obra?

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