Punto de partida

Agua en vinoJuan 3, 16-18 

Dijo Jesús: Dios amó tanto al mundo, que entregó a su Hijo único para que todo el que cree en Él no muera, sino que tenga Vida eterna. Porque Dios no envió a su Hijo para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por Él. El que cree en Él, no es condenado; el que no cree, ya está condenado, porque no ha creído en el nombre del Hijo único de Dios.
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Poema de Lope de Vega

Este poema de Lope de Vega creo que, en un intento de resumen atrevido, nos habla de cómo es Dios con nosotros. Leerlo, meditarlo, rezarlo, no hace más que llevarnos a un lugar de intimidad con Dios donde, tal vez, nos reconozcamos descriptos en estos versos. Y me pareció oportuno citar este soneto porque creo que, en alguna medida nos lleva al principio, a un antes-de-hacer-definiciones y poder, de algún modo, entender la Trinidad.

Saber que esta fiesta supone pensar en un Dios trino, nos lleva a recordar lo que dice el catecismo: Tres personas divinas y un solo Dios verdadero. Es el principal dogma de nuestra Iglesia Católica. Y es importante que sepamos acerca de nuestra fe, pero más importante es que lo entendamos. Y ahí viene la complicación. Ya san Agustín decía: Si no me preguntan qué es, entonces lo sé, y si me preguntan qué es, entonces no lo sé. Es que esto no es empresa fácil. Todo es fruto de la teología que, en su afán de afianzar las verdades de nuestra fe, desarrolló toda una explicación. No se lo inventó, sino que quiso poner luz al mensaje y revelación de Jesucristo, que dice: “El Padre y yo somos uno”, o “el que me ha visto a mí, ha visto al Padre”. Y el Espíritu Santo que surge de ambos.

Pero a nosotros, dicho tal vez de un modo exagerado, esto no hace más que confundirnos y, normalmente, casi que no pensamos en un solo Dios, sino en las tres personas por separado. A veces es a Jesús, otras al Padre, y en alguna ocasión nos dirigimos al Espíritu. Eso, si no es sólo a la Virgen, o a algún santo de nuestra devoción. Para algunos no hay más que San Expedito, por poner algún ejemplo. Poco a poco, a través de los siglos, me atrevo a decir, se nos ha olvidado lo que Jesús nos transmitió y queremos recordarlo con definiciones inentendibles y sólo nos queda el Dios que cura, el que nos perdona en el confesionario, el que se mete y legisla nuestra moral, especialmente la sexual, el Dios que ayuda a sus amigos y castiga a los que se portan mal, el todopoderoso que hace que el otro cambie y me venga a pedir perdón, porque el ofendido soy yo, el Dios que nos prueba haciéndonos sufrir.

Aquí es donde traigo el poema de Lope de Vega. Y, claro está, no nos habla directamente de la Trinidad, ni la define, pero creo que al final nos deja una evidencia muy clara de quién es realmente y nos pone en el punto de partida. Tal vez nos ilumine recordar algo que el mismo San Agustín afirmaba: “Si quieres entender la Trinidad, aprende a practicar la caridad”. Y este soneto, creo, nos pone delante de lo que es Dios: Amor. Pero no un amor como el de los enamorados, sino mucho más. Es un amor que debemos aprehender y que, vivido (practicando la caridad), nos hace experimentar que Dios es Padre, es Hijo y es Espíritu Santo y por consiguiente entender lo que significa ser tres y ser uno.

En esos preciosos endecasílabos del poeta español citado, se refleja cómo se descubre y acepta esa presencia divina que busca el encuentro para el abrazo amoroso, es decir, se encuentra la salvación. Al mismo tiempo, se reconoce que se ha rechazado, una y otra vez, el abrir la puerta para que aquella confluencia de Dios y del hombre se haga realidad. Y esto es lo que le hace falta a la humanidad, o por lo menos al cristianismo: Redescubrir esa vivencia interior, donde sólo el Dios-Espíritu se manifiesta con claridad, porque es el amor mismo del Padre el que nos revive y esto hace que tengamos los mismos sentimientos y actitudes que el Hijo y por tanto, nos hace capaces de poder amar con amor de Dios, que lo da todo.

¿Cómo decirlo de un modo más práctico y concreto, al mismo tiempo que como un desafío? El mejor modo de entender qué es la Trinidad, porque lo hemos experimentado, es tal vez llegar a una experiencia interior de Dios que nos haga hacer lo que él hizo: Amar al enemigo y poner la otra mejilla, dar lo que tenemos como la viuda pobre del templo, acompañar al que me lo pide, a perdonar setenta veces siete, a dar la vida por los demás. Esto es entender, esto es creer en él y por tanto estar seguros de que no moriremos, porque tenemos, con Dios, una vida nueva, distinta, eterna.

Ya podremos repetir, sin error alguno, lo que define este dogma, pero nada habremos entendido si no experimentamos en carne propia lo que es el amor de Dios. Más cómodo es saber y repetir una definición teológica, pero más cierto y real es imitar a Jesús. Y para esto tenemos que volver al punto de partida, al inicio, (con perdón) olvidándonos de las definiciones teológicas (aunque estas sean necesarias). El mundo no se salva, el cielo no se gana como un título de universidad, sino manifestando, en caridad, al Dios Padre, Hijo y Espíritu que está en nosotros y nos habita.  Abramos la puerta para encontrarnos con Él. Hasta que no tengamos esta experiencia de Dios en nosotros, difícilmente entenderemos quién es él, verdaderamente.

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