Castillos en el aire

Dios le habló en sueños...
Dios le habló en sueños…

Mateo 1, 18-24
Éste fue el origen de Jesucristo: María, su madre, estaba comprometida con José y, cuando todavía no habían vivido juntos, concibió un hijo por obra, del Espíritu Santo. José, su esposo, que era un hombre justo y no quería denunciarla públicamente, resolvió abandonarla en secreto. Mientras pensaba en esto, el Ángel del Señor se le apareció en sueños y le dijo: «José, hijo de David, no temas recibir a María, tu esposa, porque lo que ha sido engendrado en ella pro- viene del Espíritu Santo. Ella dará a luz un hijo, a quien pondrás el nombre de Jesús, porque Él salvará a su Pueblo de todos sus pecados». Todo esto sucedió para que se cumpliera lo que el Señor había anunciado por el Profeta: “La Virgen concebirá y dará a luz un hijo, a quien pondrán el nombre de Emanuel”, que traducido significa: «Dios con nosotros». Al despertar, José hizo lo que el Ángel del Señor le había ordenado: llevó a María a su casa.

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Una canción que recordé, cuando leí el evangelio de este domingo, fue “Castillos en el aire” de Alberto Cortez. En resumen, la letra  nos cuenta acerca de un hombre que quiere volar, por lo que la gente lo tiene como loco. Sin embargo, aquél hombre se anima a soñar y construir castillos en el aire donde es feliz. Los demás lo condenan a convivir con la gente vestido de cordura, no vaya a ser que las otros también quieran hacer lo mismo y pretender vivir felices como el chiflado que se animó a soñar. Y por supuesto que la letra da para muchas interpretaciones, pero me parecía que la imagen de un Castillo construido en el aire es valiosa para reflexionar.

Por otro lado, que podría ser nuestro caso, así como construimos nuestros proyectos,  nuestro castillos. en ocasiones, de forma abrupta por lo general, caemos en la cuenta de que perdemos aquello que creíamos nuestro, como cuando se nos derrumba el castillo de arena, gracias a una ola inesperada y alargada más de la cuenta. Y creo que es el caso de José. Tenía una novia, María, y estaba desposado con ella (había contrato matrimonial [jurídico], faltaba la boda [religioso]). Tendrían algunos planes hechos en común y un deseo grande de hacer realidad lo que estaba en el pensamiento. De repente él se vio –se me ocurre– vacío. María embarazada, pero no de él. Se cae todo. Y lo lógico era que la denunciara públicamente, aunque decide abandonarla en secreto. Se queda con las manos vacías.

Creo que, de una u otra forma, hemos pasado por la experiencia de José. Y ante esta situación, los más serenos buscan soluciones rápidamente. Otros más nerviosos o ansiosos, se desesperan. José parece de los serenos, aunque seguramente estaría confundido y herido. Pero viene un ángel y, en sueños, le dice lo que pasó y qué tiene que hacer. Aquél acepta y lleva adelante lo que le ha sido revelado. ¿Actuaríamos igual que él en circunstancias parecidas? Me quedan muchas dudas. No porque no nos fiemos de Dios, sino porque, tal vez, tendemos a no dar un paso hasta tener todos cabos atados, y bien atados. 

En las cosas de Dios hace falta mucha confianza. Hay varias cuestiones que requieren un gran acto de fe, como: Creer en un Dios, que es Uno, pero que son tres, la Madre de Dios es Virgen, y madre al mismo tiempo por obra del Espíritu Santo, a Jesús lo matan, pero está vivo -ha resucitado-. Cuando morimos, según nuestra fe, nacemos a la verdadera vida (me pregunto si esta que vivimos es de mentira), tenemos que morir para vivir en serio. No me digan que esto no es un poco complicado. Por supuesto si afirmamos todo lo anterior, dando como respuesta y argumento un “porque sí”, entonces no hay problemas, pero es mejor entender todo desde el Espíritu de Dios en nosotros. Pero aquí no quiero hacer quebraderos de cabeza. Simplemente deseo sacar a la luz nuestra fe y confianza en Dios y sus cosas.

José entendió lo que entendió, e hizo lo que le dijeron. Construyó a partir de “su” castillo roto, para hacer el castillo de Dios, no el propio. 

Me parece que en el evangelio de hoy, Dios, más allá de la historia de salvación narrada y del origen de Jesús, que es muy importante, nos puede enseñar lo siguiente:

  • Si queremos vivir con Dios y en sus cosas, tenemos que estar dispuestos a cambios de planes inesperados.
  • Debemos aprender a escuchar, incluso en sueños, lo que Dios nos va pidiendo.
  • Saber resignar las opciones personales por el bien común.
  • Aprender a esperar que Dios se manifieste y hable, antes que actuar sólo con nuestros criterios.

¿Qué ganamos? Miren, para hacerla corta, ganamos al mismo Dios. Hoy, José se lleva a casa a María, y con ella al Hijo de Dios. Sólo por confiar en lo que el ángel le dijo de parte de Dios. Se lanzó a hacer su voluntad y salió ganando. 

En nuestro caso, a medida que aprendamos a confiar en Dios, y no tanto en nuestra razón y cálculos, también saldremos ganando, porque al final nos llevamos a Dios. Tal vez, con la llegada del Niño Dios, sea hora de comenzar a construir castillos en el aire, en el buen sentido. Castillos que parecen de locura, pero que en realidad son divinos, porque son queridos por Dios. Un lugar donde reine el amor, la paz, la concordia, la esperanza, el perdón, la alegría, la amistad. Y eso se logra si logramos romper nuestros castillos para hacer el de Dios, donde él se hace Emanuel: Dios con nosotros.

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