The Picture

La Belleza de Dios es interior...
La Belleza de Dios es interior…

Lucas 21, 5-19
Como algunos, hablando del Templo, decían que estaba adornado con hermosas piedras y ofrendas votivas, Jesús dijo: «De todo lo que ustedes contemplan, un día no quedará piedra sobre piedra: todo será destruido». Ellos le preguntaron: «Maestro, ¿cuándo tendrá lugar esto, y cuál será la señal de que va a suceder? » Jesús respondió: «Tengan cuidado, no se dejen engañar, porque muchos se presentarán en mi Nombre, diciendo: “Soy yo”, y también: “El tiempo está cerca”. No los sigan. Cuando oigan hablar de guerras y revoluciones no se alarmen; es necesario que esto ocurra antes, pero no llegará tan pronto el fin». Después les dijo: «Se levantará nación contra nación y reino contra reino. Habrá grandes terremotos; peste y hambre en muchas partes; se verán también fenómenos aterradores y grandes señales en el cielo. Pero antes de todo eso, los detendrán, los perseguirán, los entregarán a las sinagogas y serán encarcelados; los llevarán ante reyes y gobernadores a causa de mi Nombre, y esto les sucederá para que puedan dar testimonio de mí. Tengan bien presente que no deberán preparar su defensa, porque Yo mismo les daré una elocuencia y una sabiduría que ninguno de sus adversarios podrá resistir ni contradecir. Serán entregados hasta por sus propios padres y hermanos, por sus parientes y amigos; y a muchos de ustedes los matarán. Serán odiados por todos a causa de mi Nombre. Pero ni siquiera un cabello se les caerá de la cabeza. Gracias a la constancia salvarán sus vidas».

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Un clásico de la literatura es “The Picture of Dorian Gray”, o “El Retrato de Dorian Gray” de Oscar Wilde. La historia toca muchos temas del ser humano y las formas de vida, pero hay un eje central: La belleza del joven Dorian retratada por Basil Hallward. Y llega a tal punto el deseo del personaje principal de conservar esa hermosura juvenil, que la pintura comienza a envejecer en lugar del verdadero Dorian Gray, reflejando los años que pasan y los pecados que este joven comete.

Está claro que la imaginación y ficción de Oscar Wilde no están en función del evangelio de este domingo, pero me atrevo a decir que hay elementos que pueden entenderse como comunes a los dos escritos.

Jesús plantea la caducidad del templo de Jerusalén, en el cual los judíos tienen puesta toda su esperanza y confianza. Ya que es el reflejo de todo lo que significa Dios para ellos. Al mismo tiempo, en el mismo texto, encontramos la advertencia que Cristo hace a sus discípulos: Aquellos que realmente lo quieran seguir, deberán pasar por muchas vicisitudes, con tal de afirmar el nombre del Hijo de Dios. Pero en esto hay una garantía: Dios los sostendrá en todo momento.

En la actualidad, por muy adelantados que nos parezca el mundo, seguimos encontrando lugares y situaciones donde hay personas que tienen que pasar por humillaciones, dolor y hasta la muerte, con tal de dar testimonio del nombre de Jesús. De hecho, en ciertas parte del planeta está prohibido hablar de Cristo. Entonces nos encontramos con cristianos que viven en la clandestinidad, como sucede en la que conocemos como la China Comunista. A pesar de que hace unos meses el mismo gobierno chino aseguró que en su país se «protege la libertad religiosa» y que la Iglesia Católica «disfruta de un desarrollo sano».

Para nosotros, más allá de la sorpresa, e indignación, que esa situación nos puede causar, tal vez deberíamos preguntarnos cuánto testimonio real damos de Dios. Y al decir esto estoy pensando en las veces que comunicamos y defendemos nuestra fe. Es que en algunos momentos no basta con decir que somos cristianos y que tenemos derecho a creer lo que creemos. Hay que actuar, con respeto, con inteligencia, con astucia y firmeza, con tal de defender el nombre de Cristo y su enseñanza. Pero sabiendo que, en todo esto, debe quedar muy lejos la intransigencia. Ésta también mata y es estéril.

Podríamos preguntarnos: ¿Cuántas veces nos han encerrado, encarcelado o entregado a causa del nombre de Cristo? Y con esto no vamos a decir que nada hacemos, pero está claro que el compromiso tiene que ir mucho más allá de un simple cumplimiento de ciertas cuestiones de culto. A veces se dice que a los cristianos nos han encerrado en las sacristías. ¿Cuánto de verdad hay en eso? Aquí, antes y ahora también, lo que más urge es testimoniar a Dios, y eso se hace de dos maneras: Amando al Señor y al prójimo como a nosotros mismos. Podríamos pensar entonces: ¿Hasta qué punto hemos sido capaces de amar? ¿Hasta que duele?

Aquél joven de la novela de Oscar Wilde, enamorado de su belleza, no hace más que quedarse en la superficie y apariencia de las cosas. Y esto llega a tal punto que en el capítulo VII, Dorian, después de ver actuar en el teatro a la que es el amor de su vida, Sibyl, llega a decirle a la muchacha que él se había enamorado del arte que ella desempeñaba, pero como ya no actuaba como lo había hecho antes, entonces él ya no estaba interesado en ella y no la amaba más. Y esto me lleva a pensar en lo que dice Jesús acerca del templo de Jerusalén: «De todo lo que ustedes contemplan, un día no quedará piedra sobre piedra: todo será destruido».

El templo era exclusivamente de Jerusalén. No había otro. Seña de identidad nacional y religiosa de los judíos. Espléndido, deslumbrante, majestuoso, pero al mismo tiempo peligroso para los mismos que adoran a Yahvé allí. Ya que tanta belleza puede deslumbrar en tal medida que lleve al fanatismo, a la violencia y pensar que si no hay templo no hay Dios.

Nosotros, igualmente, tenemos que tener cuidado de no confundir el continente con el contenido. No son las formas externas las que nos dan a Dios. Éstas deben ayudarnos a encontrarlo, pero debemos quedarnos con él y no con la manera, o la forma de expresar la fe. Es que podemos correr el peligro de fanatizarnos e incluso pelearnos con tal de ser “fieles” a unas prácticas externas que, aunque sean piadosas, pueden no llevarnos a Dios si no hay un fondo de real de divinidad.

Entonces sí, aunque los templos se caigan, aunque la belleza no sea eterna, si de verdad tenemos a Jesús en el corazón, sabremos luchar y dar testimonio de él, aunque eso lleve a perder la vida. Nadie es mártir si no tiene el corazón lleno de Dios. Y eso no se ve, se vive.

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