Dos en uno

La vida es lo que se tiene en el corazón y no se dice...
La vida es lo que se tiene en el corazón y no se dice…

Lucas 18, 9-14
Refiriéndose a algunos que se tenían por justos y despreciaban a los demás, Jesús dijo esta parábola: Dos hombres subieron al Templo para orar; uno era fariseo y el otro, publicano. El fariseo, de pie, oraba así: «Dios mío, te doy gracias porque no soy como los demás hombres, que son ladrones, injustos y adúlteros; ni tampoco como ese publicano. Ayuno dos veces por semana y pago la décima parte de todas mis entradas». En cambio el publicano, manteniéndose a distancia, no se animaba siquiera a levantar los ojos al cielo, sino que se golpeaba el pecho, diciendo: «¡Dios mío, ten piedad de mí, que soy un pecador! » Les aseguro que este último volvió a su casa justificado, pero no el primero. Porque todo el que se eleva será humillado, y el que se humilla será elevado.

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Ella tiene noventa y dos y él ochenta y siete. Cada uno sigue una rutina, y comparten la misma casa desde hace muchos años. Él trabajó desde los veintiuno, y no pudo dedicarse a la música. La clásica. Sólo interpretó melodías con sus herramientas y los motores que le tocaba arreglar. Ella se empleó, desde muy joven, en una tienda de ropa exclusiva para mujeres de la alta sociedad, a pesar de que su sueño era ser enfermera.

La vida transcurrió como la de muchos argentinos en Buenos Aires. Ella muy independiente y decidida. Él más bien tímido e indeciso. Cualquiera diría que jamás hubieran podido vivir juntos, por ser tan diferentes el uno del otro. Y están esperando, en una misma casa sin visitas, encerrados casi todo el tiempo, a ver si al menos parten en el mismo momento, para que ninguno tenga que extrañar. Al final, no resultaron ser tan distintos estos dos hermanos.

Hoy nos encontramos con dos personas que se presentan ante Dios en el templo. Ambas le dicen algo al Señor. Uno, el fariseo, le agradece no ser tan malo como el otro, publicano, que también reza. Éste no hace más que pedir perdón por sus pecados y, en palabras de Jesús, fue el único que volvió a su casa justificado.

Me atrevo a decir que ninguno de nosotros quiere identificarse con el fariseo que es arrogante, engreído, orgulloso y nada humilde. Incluso tal vez pensemos: Qué bárbaro este tipo, cómo le va a decir a Dios todas esas cosas, juzgando al pobre publicano. Y por otro lado decimos: El último sí que supo hacerlo bien. Reconoció su debilidad y fue humilde. Por eso Dios lo perdonó.

Hasta ahí, entendemos que son personas muy distintas y que nada tienen que ver el uno con el otro. Pero hay algo que no podemos negar que tienen los dos: Ambos fueron sinceros. El primero se reconocía cumplidor de las leyes, buena persona y que no cometía pecados. Y el publicano también decía verdad y sabía que en su vida había errores. Pero, la verdad de cada uno tiene un origen diferente.

El fariseo ve su verdad después de que juzga al publicano. Su discurso de hombre bueno se basa en las faltas del otro y quiere destacar ante Dios, dejando en evidencia el pecado de quien ni siquiera se atreve a levantar la mirada. En cambio, el que salió justificado ante el Señor, dice su verdad después de examinarse y no juzgar a ningún otro por sus actos.

En nuestro caso, creo que nos gustaría poder identificarnos con el que es perdonado por Dios. En teoría sabemos que es muy importante poder reconocer nuestras limitaciones, para poder cambiar y ser bendecidos por la misericordia del Señor. Y para nada queremos encarnar la actitud del que se creía bueno. Pero en esto, cabe preguntarnos: ¿Cuánto hay de cada uno de ellos en nosotros?

Es que, tal vez, en ocasiones, casi sin darnos cuenta, tenemos un poco de los dos personajes. Nadie está exento de pensar que al menos uno no es como cualquier otro que realiza acciones que no están nada bien. Eso nos da cierta tranquilidad y creemos, no sin verdad, que Dios nos va a tener en cuenta lo bueno que somos. El reconocer lo que está bien en nuestras vidas no es pecado. Si hay verdad en ello, Dios también lo sabe. El error que tenemos que evitar es juzgar a los demás y querer sacar a relucir nuestra bondad comparada con el mal de los otros.

Y por supuesto que no podemos descuidar nuestro lado frágil. Tenemos falencias que no hay ignorar, no sólo por ser realistas, sino porque es aquello que sabemos que debemos mejorar, lo cual es objeto del amor de Dios. Es que el Señor, donde más nos ama no es en las virtudes, sino en nuestro pecado. Eso es lo que él cura, lo que redime, en nosotros. Si estamos completamente sanos, y somos perfectos, qué necesidad de Dios podemos tener.

Aquella mujer, la hermana mayor de la historia del principio, me habló un largo rato. Hacía mucho que no le contaba sus cosas a alguien que no sea su hermano, en quien se reconocía —me dijo. Y agregó: Ahora no puedo ir a la Iglesia. Y recuerdo —continuó con voz pausada— que los sacerdotes hablaban lindo, a su modo, a su manera, con sus palabras, pero eso no es la vida. La vida es lo que se tiene en el corazón y no se dice —concluyó.

La verdad, nuestra verdad, la que sabe Dios, está en nuestro corazón. ¿Para qué argumentar ante el Señor lo que ya conoce? ¿Para qué juzgar a los otros todo el tiempo?

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