Confiar

Si tuvieran fe dirían: ¡Arráncate de raíz y plántate en el mar!
Si tuvieran fe dirían: ¡Arráncate de raíz y plántate en el mar!

Lucas 17, 3b-10
Dijo el Señor a sus discípulos: «Si tu hermano peca, repréndelo, y si se arrepiente, perdónalo. Y si peca siete veces al día contra ti, y otras tantas vuelve a ti, diciendo: “Me arrepiento”, perdónalo». Los Apóstoles dijeron al Señor: «Auméntanos la fe». Él respondió: «Si ustedes tuvieran fe del tamaño de un grano de mostaza, y dijeran a esa morera que está ahí: “Arráncate de raíz y plántate en el mar”, ella les obedecería. Supongamos que uno de ustedes tiene un servidor para arar o cuidar el ganado. Cuando éste regresa del campo, ¿acaso le dirá: “Ven pronto y siéntate a la mesa”? ¿No le dirá más bien: “Prepárame la cena y recógete la túnica para servirme hasta que yo haya comido y bebido, y tú comerás y beberás después”? ¿Deberá mostrarse agradecido con el servidor porque hizo lo que se le mandó? Así también ustedes, cuando hayan hecho todo lo que se les mande, digan: “Somos simples servidores, no hemos hecho más que cumplir con nuestro deber”».

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El evangelio que se nos presenta este domingo tiene como punto central la fe. Esa que los apóstoles le piden a Jesús que les aumente. Por supuesto que, en este caso, los que quieren más se están refiriendo a la ayuda que necesitan para confiar más plenamente en Cristo y así lograr todo lo que él les manda: Hacer posible lo imposible, como puede ser el mandar que un árbol se arranque y se plante en el mar, o curar enfermos. Creer que es posible lo casi irreal, hacer verdad lo sobrenatural de Dios entre ellos.

En nuestro caso, deberíamos seguir pidiendo lo mismo, dado que pocos árboles vemos arrancados y plantados en el mar, o incluso nos parece algo casi imposible ver curados, por la fe, a nuestros enfermos, cuestión que, al parecer, sucedía con mucha frecuencia en tiempos de Jesús. Y para ayudarnos a interiorizar todos esto, me parece oportuno que nos detengamos en la palabra “confiar”. Si la definimos, tenemos lo siguiente:
– Como verbo intransitivo: Demostrar confianza (esperanza firme) hacia una persona o una cosa.
– Como verbo transitivo significa: Dejar una cosa al cuidado de alguien, especialmente en quien se tiene confianza.

Por supuesto que esto no es para hacer un análisis lingüístico, sino para ayudarnos a ampliar el pensamiento y el alcance de nuestra confianza puesta en Dios.

Por un lado, me atrevo a decir que Jesús, Dios mismo, demuestra confianza en sus discípulos, dado que los envía a anunciar su palabra y a hacer prodigios en su nombre. Sabe y espera que los suyos hagan bien su tarea. Y a esto podemos añadir que este acto de confianza lo sigue renovando en cada uno de nosotros. Él espera que sepamos llevar adelante lo mismo que le mandó a sus apóstoles. Y aquí unimos la segunda parte de la definición de “confiar”: Dios deja a nuestro cuidado todo lo que él es y nos ha enseñado, para que lo llevemos a quienes no lo han descubierto.

Y a la inversa, visto desde nuestra perspectiva, bien podríamos pensar, o preguntarnos, si de verdad le tenemos confianza a Dios y por lo tanto dejamos en sus manos, a su cuidado, nuestra existencia. Y esto supone esperar en él y demostrar confianza en que el Señor sabrá llevarnos por un mejor camino. Entonces nos podemos preguntar: ¿Qué o cuáles son nuestras seguridades? ¿Confiamos más en Dios y le dejamos espacio para que actúe, o preferimos planificar y controlarlo todo nosotros solos?

Llegados a este punto, me parece oportuno poder concretar con cuestiones más directas. Para eso podemos partir del deseo de querer ser y hacer como hizo el mismo Cristo. Él supo empeñarse, hasta derramar su sangre, en hacer la voluntad del Padre. Hizo hasta milagros con tal de hacer la vida de todos más humana y más digna. Y en nuestro caso, tener fe, confiar en Jesús, es también llegar a darlo todo, a hacer prodigios, casi imposibles, con tal de que logremos el bien común.

Aquí sí que es bueno pensar, soñar, desear, y ponernos a trabajar para que por fin, en todos los niveles, lleguemos a una vida más digna y más humana. Esos son los árboles arrancados para ser enviados al mar, o el traslado de una montaña a otro lugar distinto del que se encuentra, o los paralíticos que caminan de nuestra época: Cuando, a través de nuestra opción por los valores del Reino, hacemos vida todo aquello que significa Dios. Y así desgastaremos nuestra vida y podremos, al final, decir, sin miedo a equivocarnos: “Somos simples servidores, no hemos hecho más que cumplir con nuestro deber”.

A esto, no podemos dejarlo pasar, debemos añadir que no por “hacer milagros” en nombre de Cristo somos mejores. No somos más importantes. No nos creamos todo poderosos. Es la Gracia de Dios la que debe actuar en nosotros. Y es evidente que, cuando nos gana el engreimiento y la soberbia, los milagros se detienen. Es que hemos perdido la fe, la confianza puesta en Dios, que hace que le dejemos espacio y paremos de ponernos en el centro.

Ahora sí, finalmente, tal vez debamos volver la mirada al inicio del evangelio y ver si con la ayuda de Dios llegamos a perdonar a nuestro hermano arrepentido, cuestión que a veces puede ser un auténtico milagro. Con Dios todo se puede.

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