Leyenda

Dios nos quiere al alcance de un abrazo...
Dios nos quiere al alcance de un abrazo…

Lucas 15, 1-32
Todos los publicanos y pecadores se acercaban a Jesús para escucharlo. Pero los fariseos y los escribas murmuraban, diciendo: «Este hombre recibe a los pecadores y come con ellos». Jesús les dijo entonces esta parábola: «Si alguien tiene cien ovejas y pierde una, ¿no deja acaso las noventa y nueve en el campo y va a buscar la que se había perdido, hasta encontrarla? Y cuando la encuentra, la carga sobre sus hombros, lleno de alegría, y al llegar a su casa llama a sus amigos y vecinos, y les dice: “Alégrense conmigo, porque encontré la oveja que se me había perdido”. Les aseguro que, de la misma manera, habrá más alegría en el cielo por un solo pecador que se convierta, que por noventa y nueve justos que no necesitan convertirse».
»» Continuar leyendo el Evangelio
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Este evangelio, que abarca tres parábolas, nos dice quién es Dios. Entonces recordé un cuento de Jorge Luis Borges, titulado “Leyenda”, y dice así:

Abel y Caín se encontraron después de la muerte de Abel. Caminaban por el desierto y se reconocieron desde lejos, porque los dos eran muy altos. Los hermanos se sentaron en la tierra, hicieron un fuego y comieron. Guardaban silencio, a la manera de la gente cansada cuando declina el día. En el cielo asomaba alguna estrella, que aún no había recibido su nombre. A la luz de las llamas, Caín advirtió en la frente de Abel la marca de la piedra y dejó caer el pan que estaba por llevarse a la boca y pidió que le fuera perdonado su crimen.
Abel contestó:
-¿Tú me has matado o yo te he matado? Ya no recuerdo; aquí estamos juntos como antes.
-Ahora sé que en verdad me has perdonado -dijo Caín-, porque olvidar es perdonar. Yo trataré también de olvidar.
Abel dijo despacio:
-Así es. Mientras dura el remordimiento dura la culpa.

Por supuesto que la ficción de Borges no pretende reemplazar el mensaje de la Palabra de Dios, tan clara como desconcertante. Y digo desconcertante porque escuchar que una persona es capaz de dejar noventa y nueve ovejas por buscar una. o que una mujer de vuelta toda la casa por no peder una dracma¹, y haga fiesta por ello, suena extraño. Y luego ver que un padre que, con una alegría incontenible, recibe a un hijo que ha desperdiciado no sólo dinero, sino su vida, es algo que no cabe en los esquemas lógicos que tenemos.

Con todo esto planteado, entonces, no podemos menos que resaltar tres términos para la reflexión de este domingo: Perdido, perdón y olvido.

Cuando hablamos de “perdido”, pensamos en la oveja, en la dracma y en el hijo. Y, podemos decir sin miedo a equivocarnos, que todo se ha salvado. Sabemos que es el mismo Dios el que sale en busca de la oveja perdida, la dracma extraviada o el hijo alejado. Es lo que Jesús pone de ejemplo para decirnos cómo es y cómo actúa Dios Padre. Y esto nos hace pensar si, en alguna medida, estuvimos o estamos perdidos. Hay muchas formas de tener esa vivencia, incluso aunque nos vean como si estuviéramos mejor que nunca. Cada uno sabe si anda, o no, extraviado. Pero lo que importa, además de reconocer que podemos estar muy lejos de la casa del padre, es saber que él nos está buscando y esperando.

Esta parábola no hace más que revelarnos algo muy importante y que hace a la esencia de Dios. Aquí podemos saber qué lo hace feliz. Al Señor, ver y saber que estamos bien, seguros y a resguardo, lo mueve a hacer una fiesta en el cielo. ¿Y nosotros qué? ¿Qué nos hace felices? Creo que no podemos menos que entender que la felicidad en serio, la que no se acaba, es la que se encuentra cuando se busca el bienestar del otro. Si hacemos todo lo posible para que el que está a nuestro lado esté bien, cuidado, acompañado, sostenido, contenido, cerca, al alcance de un abrazo, entonces sí que somos felices. Eso es encontrar la dracma o la oveja perdida. Eso es recuperar al hijo pródigo. Eso es amar con amor de Dios.

Ahora lo siguiente será pensar en “perdón”. Es que esa felicidad, esa alegría que se siente, como la del padre que recupera a su hijo, no es completa si no se hace presente el perdón. Y en esto tenemos que ayudarnos con la tercera palabra: Olvido.

Tenemos que intentar actuar como lo hace Dios. Él no exige de antemano. No pone delante los juicios de valor y sólo ve la persona y descubre la necesidad que tiene. Eso es lo que le pasa al padre que ve volver a su hijo. Entiende que el que llega lo que necesita es un abrazo, el perdón, una restitución de su dignidad, y no una reprimenda y un juicio sobre sus actos. Así actúa Dios con nosotros, siempre que deseamos y buscamos volver a él. De igual modo deberíamos actuar nosotros con aquellos que se acercan a pedir perdón.

Lo primero que debemos hacer, ante aquél que nos ha ofendido, por ejemplo, es dejarnos invadir por la amnesia. Dejar nuestro orgullo a un lado, porque éste no nos deja actuar correctamente, al modo de Dios, y nos impide pedir o aceptar una disculpa. Proponerse saber perdonar y olvidar las ofensas que nuestros hermanos nos hacen, o pedir disculpas si nosotros nos equivocamos, es un gran desafío que parece estar al alcance de la mano, pero más depende de que esté al alcance de nuestro corazón. Y ahí es donde debemos trabajar.

Si antes les cité aquél cuento de Borges, fue porque me pareció que puede estar reflejando el estado al que, utópicamente, deberíamos llegar. Esa tranquilidad, paz, y casi estado de confusión en el que parece estar Abel, fruto del olvido y de un perdón profundo. Y esto llega a tal punto que es capaz de compartir el pan con su hermano asesino.

¿En qué lugar nos encontramos? ¿A qué nivel de perdón somos capaces de llegar? ¿Nos quedamos con el dicho popular, que dice: Perdono pero no olvido? Es una meta muy alta, a la cual es posible llegar con la ayuda de Dios. A veces me veo tentado de pedir al Señor que me dé amnesia. Así, creo, sería más fácil ¿Verdad? No me cabe duda de que este Dios nuestro, es el Dios de los perdidos, del olvido y del perdón.

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¹ Diez dracmas era lo que una muchacha solía llevar prendido,
como adorno, en su velo nupcial. Las jóvenes ahorraban por años
para poder reunirlas; y una vez casadas las guardaban como hoy 
alguien haría con su anillo de bodas.
Quizás fue una de estas monedas la que perdió la mujer.
Así se explica su desesperación por encontrarla.
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