Romeo y Julieta

Morir engendra una vida nueva y divina...
Morir engendra una vida nueva y divina…

Lucas 12, 49-53
Jesús dijo a sus discípulos: Yo he venido a traer fuego sobre la tierra, ¡y cómo desearía que ya estuviera ardiendo! Tengo que recibir un bautismo, ¡y qué angustia siento hasta que esto se cumpla plenamente! ¿Piensan ustedes que he venido a traer la paz a la tierra? No, les digo que he venido a traer la división. De ahora en adelante, cinco miembros de una familia estarán divididos, tres contra dos y dos contra tres: el padre contra el hijo y el hijo contra el padre, la madre contra la hija y la hija contra la madre, la suegra contra la nuera y la nuera contra la suegra.
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Creo oportuno citar al dramaturgo inglés William Shakespeare, como telón de fondo, para reflexionar sobre el evangelio de este domingo. Sabemos que Romeo y Julieta es una de las obras más populares de este autor. Lo primero que recordamos es la vida apasionada de dos que se ven envueltos en un amor prohibido por otros. Sabemos que las familias de los enamorados estaban enfrentadas entre sí, y por lo tanto el impedimento y la fatalidad convergieron, para que los amantes no estuvieran juntos. Amor y pasión, reflejados en esta obra nos pueden ayudar a pensar en el evangelio.

Jesús se presenta de un modo extraño. No sólo para aquellos que lo escuchan decir que ha venido a traer división y fuego sobre la tierra, sino para nosotros también. Si hasta ahora pensábamos que Cristo era sinónimo de paz, hoy entendemos que no, según lo que nos cuenta el evangelio. ¿Piensan ustedes que he venido a traer la paz a la tierra? —dice él mismo. No —continúa—les digo que he venido a traer la división. Y a continuación señala que incluso los miembros de una familia van a estar enfrentados, por causa de su nombre.

Ciertamente no es fácil poder imaginar a un Dios que quiere lo que, en esencia, él no es: División, pelea, enfrentamiento. Y nos hace pensar, tal vez, que por causa del nombre de Jesús ese caos tiene que suceder. Ya que elegir a Cristo supone una ruptura con los que no lo aceptan. Pero, ¿acaso no dijo él mismo que hay que amar a los enemigos y que no hay que juzgar al prójimo?

Por otro lado, al ver cómo está nuestro mundo, caemos en la cuenta de que todo lo que el evangelio nos dice se ha hecho realidad. Hay discordias y enfrentamientos en todos los niveles. Desde los personales y familiares, hasta los que suceden en la sociedad mundial. La guerra, la no paz, reina en mucho ámbitos de nuestra existencia. Y en esto no podemos decir que todo sea por causa del nombre de Cristo. Más bien la base está en el egoísmo de cada uno de nosotros y, probablemente, en la ausencia de Dios. Entonces, ¿dónde estamos y hacia dónde vamos? A mi entender, todo radica en el amor y en el odio. Ambos términos son causa y efecto y nosotros debemos elegir.

Antes cité a Romeo y Julieta, aquél arquetipo de amor frustrado y trágico, que está condenado a lo imposible desde su comienzo. Y sabemos que la pelea entre los parientes de cada uno desencadenó la fatalidad, la muerte de los amantes y de su amor. Sin embargo, este punto oscuro de la historia supone la reconciliación de las dos familias.

Elegir a Jesús, elegir el amor, a veces supone rupturas, y esto a raíz de la opción que hacemos. Hoy se nos pide que seamos fuertes, apasionados, decididos, ardientes, entregados, profundos, tal vez como aquellos enamorados, pero en nuestro caso perdidos de amor por Dios. Sabernos capaces de todo con tal de no perderlo. Entonces nos preguntamos: ¿Qué haríamos por amor a Dios? ¿Hemos resistido, en nuestra lucha contra el pecado, hasta derramar la sangre, como dice san Pablo? ¿Moriríamos con tal de ser fieles al amor del Señor? Aquí es bueno saber que la fuerza no sólo está en nosotros, sino en la Gracia y en el amor divino.

Apasionados, prendiendo fuego, esa podría ser nuestra elección. Luchar por lo bueno, lo que trasciende, lo que no es mezquino. Es que cuando se elige a Dios, nuestro corazón arde, y nos volvemos incendiarios y queremos que todo se prenda fuego. Es casi una necesidad, un deseo de querer que otros corazones también sientan el mismo ardor. Y vivir así, me atrevo a decir, es vivir sin paz. Es que no podemos estar quietos, acomodados, cuando hemos descubierto la profundidad del amor de Dios. Y esto, probablemente, nos traerá problemas, discordias, división, intranquilidad, pero al final engendrará lo bueno, lo que perdura, lo que es Dios. Como aquellas familias, de la obra de Shakespeare, que encontraron la reconciliación, después de la muerte por amor, de sus hijos apasionados.

Y si llevamos de vuelta el pensamiento al mismo Jesús, nos damos cuenta de que él también entiende y acepta que, por la muerte, nos devolverá una vida que no se acaba. Ese es el bautismo que Cristo, angustiado hasta que suceda, tiene que recibir —nos cuenta el evangelista Lucas.

Aquellos enamorados eligieron el amarse para siempre, aunque eso implicara la muerte. Jesús, por amor, pasa por la cruz. Ambos nos reflejan una pasión y una elección radical de aquello que más amaban. En el caso de Jesús, su amor al Padre y a sus hermanos, es decir nosotros.

Ahora el turno es nuestro. ¿Nos quedamos con el amor o con el odio? El segundo genera peleas y guerras, tal vez como el amor, pero finalmente es pura frustración, es más odio el que queda. En cambio el amor, aunque pueda pasar también por el dolor, al final nos devuelve felicidad y más amor. Y si para Romeo y Julieta morir abría la posibilidad eterna de vivir juntos para siempre, para nosotros, morir a lo que no es de Dios, engendrará una vida nueva y divina.

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