El viejo y el mar

El viejo y el mar - Nosotros con Dios en el mundo...
El viejo y el mar – Nosotros con Dios en el mundo…

Lucas 10, 1-12. 17-20
El Señor designó a otros setenta y dos, además de los Doce, y los envió de dos en dos para que lo precedieran en todas las ciudades y sitios adonde Él debía ir. Y les dijo: «La cosecha es abundante, pero los trabajadores son pocos. Rueguen al dueño de los sembrados que envíe trabajadores para la cosecha.
¡Vayan! Yo los envío como a ovejas en medio de lobos. No lleven dinero, ni provisiones, ni calzado, y no se detengan a saludar a nadie por el camino.
Al entrar en una casa, digan primero: “¡Que descienda la paz sobre esta casa!” y si hay allí alguien digno de recibirla, esa paz reposará sobre él; de lo contrario, volverá a ustedes.
Permanezcan en esa misma casa, comiendo y bebiendo de lo que haya, porque el que trabaja merece su salario. No vayan de casa en casa. En las ciudades donde entren y sean recibidos, coman lo que les sirvan; sanen a sus enfermos y digan a la gente: “El Reino de Dios está cerca de ustedes”.Pero en todas las ciudades donde entren y no los reciban, salgan a las plazas y digan: “¡Hasta el polvo de esta ciudad que se ha adherido a nuestros pies, lo sacudimos sobre ustedes! Sepan, sin embargo, que el Reino de Dios está cerca”.
Les aseguro que en aquel Día, Sodoma será tratada menos rigurosamente que esa ciudad».
Los setenta y dos volvieron y le dijeron llenos de gozo: «Señor, hasta los demonios se nos someten en tu Nombre».
Él les dijo: «Yo veía a Satanás caer del cielo como un rayo. Les he dado poder para caminar sobre serpientes y escorpiones y para vencer todas las fuerzas del enemigo; y nada podrá dañarlos. No se alegren, sin embargo, de que los espíritus se les sometan; alégrense más bien de que sus nombres estén escritos en el cielo».

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La lectura del evangelio de hoy, me llevó a recordar una novela de Ernest Hemingway: El viejo y el mar. Recordaremos entonces al viejo pescador, Santiago, que a pesar de su edad se echa a la mar en busca de peces. Él mismo dice que tiene fe y esperanza en que, finalmente, siempre pescará algo. Eso es lo que le enseña y transmite a su joven amigo y pescador, Manolín. Y esto, para ellos, puede suceder aunque pasen más de ochenta días sin pescar. Creo que esta historia  nos puede dar luz para leer el evangelio de este domingo.

Tenemos a los apóstoles que van, de dos en dos, a anunciar el Reino de Dios. Le allanan el camino a Jesús. Y se enfrentan a distintas situaciones y realidades. A veces salen triunfadores y, en palabras del mismo Cristo, hasta satanás cae como un rayo; como signo de triunfar en la misión encomendada. Hay ciudades en las que no son bien recibidos, pero los discípulos igualmente deben dejar el mensaje.

Han pasado muchos siglos desde aquellos primeros momentos del anuncio de la palabra de Dios. Hoy seguimos con el mismo cometido. Decirle al mundo que el Reino de Dios está cerca, es igual de vigente como en aquél momento bíblico. Por tanto, no podemos menos que pensar que tenemos el mismo cometido que los discípulos. Más en esta época, donde la cantidad de mensajes y propuestas es casi infinita. Algunas parecidas entre sí, pero también hay otras que son confusas y no hacen nada bien al ser humano. Entonces, me atrevo a decir, en nuestra época es aún más urgente que anunciemos al mundo quién es Dios, y que sigue existiendo.

Haciendo un parangón con lo que Hemingway nos cuenta, bien podríamos pensar que, a pasar de que el mar, el mundo, se nos puede volver hostil y no darnos un solo pez, una respuesta positiva, igualmente debemos mantener la fe, la esperanza y salir a pescar, a anunciar el Reino de Dios. Aquí estamos implicados todos los bautizados. Ese trabajo de evangelización no está terminado. No vayamos a creer que con lo que hicieron los apóstoles y los misioneros que llevaron la fe al nuevo mundo, todo está resuelto, y que la fe y esperanza en el Reino de Dios es cuestión de información y elección personal.

Las personas, nuestra familia, nuestros hijos, nuestros vecinos, nosotros mismos, necesitamos que alguien nos cuente quién es Dios. Nadie con sólo saber de forma intelectual qué es la fe llega a abrazarla. Es necesario encender una llama en el corazón y eso se logra con la ayuda de otro que tiene su llama de la fe encendida.

Ilusión, eso es lo que tienen en común los discípulos y Santiago, el viejo pescador. Y es lo que los hijos de Dios debemos tener si queremos que el cielo esté instaurado en la tierra. Ilusión por Dios , por sus cosas, su mensaje, su vida y la nuestra junto a él. Y esa ilusión renovada es la que va a dar a la Iglesia de hoy un nuevo empuje y un nuevo estar en el mundo. Es que si los cristianos sólo nos limitamos a vivir nuestra fe como una tradición de cosas que hay que saber y hacer, entonces estamos llamados al fracaso y a la muerte. Sólo si nos renovamos en nuestro anuncio del mensaje de Dios, aunque no veamos resultados inmediatos, podremos tener una Iglesia nueva, distinta, llamada a salir al encuentro con los más pobres.

No sirve un cristianismo anquilosado en la pura teoría y la sola práctica religiosa. Hay que estudiar y saber más de Dios, por supuesto, pero al mismo tiempo tiene que haber movimiento, acción. Es vital, para nuestra sociedad, el recibir una inyección de vida, esperanza y fe. Y la suerte que correremos, probablemente, será la de los setenta y dos enviados por Jesús. Unas veces nos aceptarán y otras nos rechazarán, pero, de una u otra forma, el mensaje tiene que llegar. Y esta misión es para todos los que decimos ser hijos de Dios. Teniendo muy presente que todo lo hacemos para bien de las personas y por amor a Dios.

El viejo y el mar. Nosotros con Dios en el mundo. Aquél fue capaz de pescar el pez más grande que jamás pudo haber imaginado, y triunfó. Aunque para muchos, al final, todo pareciera un fracaso. Nosotros, por la Gracia de Señor, tal vez lleguemos a tener nuestro nombre inscripto en el cielo. Aunque para muchos no nos parezcamos a los ganadores de este mundo.

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