Camino

Caminar hasta llegar a Dios
Caminar hasta llegar a Dios

Lucas 9, 51-62
Cuando estaba por cumplirse el tiempo de su elevación al cielo, Jesús se encaminó decididamente hacia Jerusalén y envió mensajeros delante de Él. Ellos partieron y entraron en un pueblo de Samaría para prepararle alojamiento. Pero no lo recibieron porque se dirigía a Jerusalén.

Cuando sus discípulos Santiago y Juan vieron esto, le dijeron: «Señor, ¿quieres que mandemos caer fuego del cielo para consumirlos?» Pero Él se dio vuelta y los reprendió. Y se fueron a otro pueblo. Mientras iban caminando, alguien le dijo a Jesús: «¡Te seguiré adonde vayas!»
Jesús le respondió: «Los zorros tienen sus cuevas y las aves del cielo sus nidos, pero el Hijo del hombre no tiene dónde reclinar la cabeza». Y dijo a otro: «Sígueme». Él respondió: «Señor, permíteme que vaya primero a enterrar a mi padre». Pero Jesús le respondió: «Deja que los muertos entierren a sus muertos; tú ve a anunciar el Reino de Dios».
Otro le dijo: «Te seguiré, Señor, pero permíteme antes despedirme de los míos». Jesús le respondió: «El que ha puesto la mano en el arado y mira hacia atrás, no sirve para el Reino de Dios».
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Para empezar, creo que podemos descansar la imaginación en los versos de Antonio Machado, que dicen:

Caminante, son tus huellas
el camino y nada más;
Caminante, no hay camino,
se hace camino al andar.
Al andar se hace el camino,
y al volver la vista atrás
se ve la senda que nunca
se ha de volver a pisar.
Caminante no hay camino
sino estelas en la mar.

Esto ya nos pone, a mi entender, en sintonía con el evangelio de hoy. Especialmente si pensamos en seguir a Jesús.

Cristo está camino a Jerusalén y quiere hospedarse en Samaría. Él se siente muy libre y le importa poco el conflicto, casi ancestral, entre judíos y samaritanos. Ya vemos incluso la reacción de los apóstoles, cuando son rechazados en la ciudad. Jesús los reprende y sigue hasta otro pueblo. Después surgen algunos que quieren hacerse discípulos, pero no lo logran. Las exigencias son duras. Cristo es tan claro como recio en lo que dice. Lo cual desconcierta en cierto sentido. Pero al mismo tiempo sabemos que no hay engaño. Saben a qué atenerse.

Está claro que hoy el tema central es el seguimiento. Esto es hablar de la vida del cristiano. Y aquí tenemos que ampliar la mirada y no sólo centrarse en los que tienen una vocación religiosa o sacerdotal. Todos los bautizados estamos llamados a este seguimiento, y tenemos que ser conscientes de lo que esto implica. Y esto supone una libertad plena, una aceptación profunda y una decisión firme.

Si hablamos de libertad plena, entonces debemos aprender del mismo Cristo. Ya vimos cómo pretende quedarse en Samaría, mientras se dirige a Jerusalén. Él conoce los problemas que hay. Tal vez espera que los samaritanos reaccionen de la forma en que él actúa: Que les importe más la persona que su religión. De igual modo debemos ser nosotros. Es que para seguir a Jesús hace falta ser muy libre. Una libertad arraigada en el corazón y en el pensamiento. Y ser libres para aceptar de buen grado lo que vamos descubriendo como voluntad de Dios. Libres también para amar a las personas, por encima de todo prejuicio, como Dios ama. Él no nos quiere por nuestras muchas cualidades, o porque sepamos cumplir más y mejor los preceptos de la Iglesia. Nos ama porque somos sus hijos. Punto. No hay más explicaciones. Y lo hace sin poner condiciones. No pone un precio al cual hay que llegar, para ser merecedores del su amor. Esta forma de amar es la que debemos imitar. Los apóstoles fueron reprendidos por su reacción de querer mandar fuego desde el cielo. Ese no es el estilo de Dios. Tampoco puede ser el nuestro.

Y si decimos aceptación profunda, entonces debemos mirar en nuestro interior y reconocer si el Dios que hemos concebido es verdaderamente Dios. Aceptar, en la profundidad de nuestro ser, lo que es. Sin modificaciones ni enmiendas. Con su amor y con sus exigencias, como las que escuchamos hoy en boca de Cristo. No podemos dulcificar a Dios, para que nos caiga mejor. Él, ante todo, es amor. Puro amor. Y ese amor busca ser correspondido. No obliga. Y aunque espera una respuesta de nuestra parte, no deja de amar si no encuentra respuesta. También, seguir a Jesús, es aceptar el camino que él hace. Y si hoy vemos que es rechazado, también nosotros podemos sufrir lo mismo. Pero esto no puede hacernos desistir de la intención de llegar a Jerusalén, es decir, al cielo. No nos tiene que importar el saber que no tendremos dónde reclinar la cabeza. Lo que nos motiva a seguir es querer llegar a donde está Dios.

A su vez, debemos tener una decisión firme. Seguramente, en aquellos que se ofrecen a seguir a Jesús, él no vio una determinación íntegra. Más bien, de antemano, parece que el seguimiento planteado viene algo condicionado. Y es que seguir a Cristo es hacer la vida a partir del valor del Reino de Dios. Todo lo demás pierde categoría. Esto es configurar, armar, la vida a partir de lo que significa Dios en nosotros. Y desde este gran valor, construimos lo demás. Y esto requiere de una decisión clara. Por lo tanto existe una opción y, con tal de llegar a Dios, seremos capaces de asumir todo lo que el camino nos vaya presentando. Hay cuestiones que debemos aprender y otras que saber dejar. El tesoro de Dios es tan grande que todo se vuelve poco y nada nos hace felices como él.

Finalmente, podríamos decir que la Iglesia, en esta época más que nunca, debe preocuparse por anunciar las razones buenas que existen para dejarlo todo y seguir a Jesús. Basta de poner el acento en el cómo, ya que podemos pensar que (así parece que sucede en nuestros días) lo más importante es saber cómo dar culto a Dios, y creer que con eso ya seguimos al Señor. No podemos pensar que por cumplir determinadas normas y preceptos ya somos fieles seguidores de Cristo. Tenemos que tener razones de peso, razones de amor, para sabernos en las filas del Señor. Hay que decidirse a hacer el camino que él hizo. Y en esto, la Iglesia, es decir nosotros, debemos profundizar. Es en el “por qué seguir a Jesús” donde hay que detenerse. Y hay muchas razones de esperanza, de felicidad, de consuelo, de amor, para dejarlo todo con tal de seguir a Cristo.

Con Jesús, también hacemos camino al andar.

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