Calidad

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Juan 2, 1-11
Se celebraron unas bodas en Caná de Galilea, y la madre de Jesús estaba allí. Jesús también fue invitado con sus discípulos. Y como faltaba vino, la madre de Jesús le dijo: «No tienen vino». Jesús le respondió: «Mujer, ¿qué tenemos que ver nosotros? Mi hora no ha llegado todavía». Pero su madre dijo a los sirvientes: «Hagan todo lo que Él les diga».
Había allí seis tinajas de piedra destinadas a los ritos de purificación de los judíos, que contenían unos cien litros cada una. Jesús dijo a los sirvientes: «Llenen de agua estas tinajas». Y las llenaron hasta el borde. «Saquen ahora, agregó Jesús, y lleven al encargado del banquete». Así lo hicieron.
El encargado probó el agua cambiada en vino y, como ignoraba su origen, aunque lo sabían los sirvientes que habían sacado el agua, llamó al esposo y le dijo: «Siempre se sirve primero el buen vino y, cuando todos han bebido bien, se trae el de calidad inferior. Tú, en cambio, has guardado el buen vino hasta este momento».
Éste fue el primero de los signos de Jesús, y lo hizo en Caná de Galilea. Así manifestó su gloria, y sus discípulos creyeron en Él.

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Cuando hay que comprar algo, una de las cosas que tenemos en cuenta es la relación precio-calidad. Por supuesto, dicen los expertos, que el precio alto no es sinónimo de mayor calidad, sino tal vez sólo picardía del vendedor. Y por supuesto que siempre queremos llevar algo bueno, que nos dure, y sin pagar una fortuna por ello. Al mismo tiempo, tanto en las cosas que se fabrican, como muchas otras que se planifican, se hacen con una fecha de caducidad. Nada de lo que se adquiere es para toda la vida, y eso también, parece, se ha instalado en muchos de nuestros compromisos. Estos temas, creo, ya se tenían en cuenta en los tiempos de Jesús.
Este domingo nos encontramos con esta historia de las bodas de Caná. Jesús es uno de los invitados y esta, seguramente, disfrutando del banquete y de la fiesta. De pronto llega su madre y le pide que ayude a los que organizan el evento, porque se han quedado sin vino. Sabemos que esto termina en milagro y los comensales quedan admirados del buen vino que están bebiendo, a pesar de que se acerca el final del festejo.
A priori, lo que más nos llama la atención es el cambio de los seiscientos litros de agua en vino, y no es para menos. Un verdadero milagro. Pero me surgen algunas preguntas: ¿Sabía María que su hijo dominaba estas artes milagrosas? A lo mejor Jesús, en casa, ya había hecho algunos milagritos. Por otro lado: ¿Por qué el vino es de una calidad superior? Podríamos responder diciendo que Dios siempre da lo mejor, y no nos faltaría razón, aunque creo que esto tiene que ver con la fecha de vencimiento.
El evangelio nos da, al menos, dos claves para nuestra vida de hijos de Dios: La relación calidad-precio y la fecha de caducidad de nuestra vida.
Si ponemos la mirada en lo primero, viendo lo que hace el hijo de María, descubrimos que lo que ofrece es de una calidad muy buena y con el mejor precio. Esto creo que nos habla de cómo es Dios y la forma en que nos trata. Nunca escatima ni engaña, sino que entrega lo mejor de sí. Aquí es donde debemos mirar nuestro ser cristianos y ver si estamos dando lo mejor de nosotros mismos. Si nos decimos, y creemos, que somos hijos de Dios, no podemos menos que intentar imitarlo en la calidad de lo que ofrecemos a los demás. Esto se puede entender como dar el mejor trato, la mejor sonrisa, la mayor entrega para el bien de todos. Y el precio lo ponemos nosotros: La cantidad de amor a los demás que decidamos tener en nuestras vidas.
Y si hablamos de fecha de caducidad, bien podemos decir que Dios no la tiene, por mucho que algunos se empeñen en hacernos creer que esto de Jesús y su mensaje ya está pasado de moda. Él está siempre a punto para ser elegido. Por eso, tal vez, el vino de las bodas es el mejor. Estaba perfecto para ser servido. Y esto también habla de quién y cómo es Dios. Su mensaje, perenne, listo para transformar vidas. Sólo hace falta aceptarlo y confiar que, aunque veamos agua, al final vamos a beber vino del bueno. Igualmente, nuestras vidas, deberían ser más de Dios, para entonces estar seguros de que es eterna. El ser del Señor, que es estar del lado de los buenos y del bien, hace que no muramos, aunque muramos. Cuando no tenemos fecha de vencimiento, entonces somos personas de esperanza, como lo es Jesús para nosotros.
Finalmente, el milagro narrado hoy, también puede ser el nuestro, sólo hace falta estar dispuesto a pagar el precio del amor al prójimo y dar lo mejor de nosotros mismos. Así las bodas, la alegría, la fiesta, junto a Dios, no termina.

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