Salto BASE

El salto divino

Juan 6, 60-69
Después de escuchar la enseñanza de Jesús, muchos de sus discípulos decían: «¡Es duro este lenguaje! ¿Quién puede escucharlo?»
Jesús, sabiendo lo que sus discípulos murmuraban, les dijo: «¿Esto los escandaliza? ¿Qué pasará, entonces, cuando vean al Hijo del hombre subir donde estaba antes? El Espíritu es el que da Vida, la carne de nada sirve. Las palabras que les dije son Espíritu y Vida. Pero hay entre ustedes algunos que no creen». En efecto, Jesús sabía desde el primer momento quiénes eran los que no creían y quién era el que lo iba a entregar. Y agregó: «Por eso les he dicho que nadie puede venir a mí, si el Padre no se lo concede». Desde ese momento, muchos de sus discípulos se alejaron de Él y dejaron de acompañarlo. Jesús preguntó entonces a los Doce: «¿También ustedes quieren irse?»
Simón Pedro le respondió: «Señor, ¿a quién iremos? Tú tienes palabras de Vida eterna. Nosotros hemos creído y sabemos que eres el Santo de Dios».
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Hay una práctica, digamos, alternativa al paracaidismo tradicional. A Este lo  conocemos uno poco más y en seguida podemos imaginarnos una persona saltando, por ejemplo, desde un avión, con su paracaídas en la espalda. Y la variante a lo ya conocido es el Salto BASE. Éste se hace desde un Edificio (Building), o una Antena, (Antenna) que también puede sustituirse por una chimenea o una torre de tendido eléctrico, pero también puede ser desde un Puente (Span) o arco de puente, pilar, o puente colgante, y finalmente desde Tierra (Earth) es decir precipicio, o formación natural. Por supuesto no cualquiera se anima a hacerlo. Hay que tener un coraje especial. Otros, como es mi caso, preferimos quedarnos en tierra firme y mirar el espectáculo.

Y después de leer el evangelio, pensaba que lo relatado en este es como una propuesta para hacer Salto BASE. No hay edificio, ni puente, ni acantilado, desde el que tengamos que saltar, pero si repaso las palabras de Jesús, no hago más que pensar en esto. Él dice: «El Espíritu es el que da Vida, la carne de nada sirve. Las palabras que les dije son Espíritu y Vida». Ahí está el desafío, la gran invitación.

Para ponernos en contexto, recordamos que Jesús, hasta este momento del evangelio de Juan, ha venido hablando del pan de vida, de comer su cuerpo y beber su sangre, con una radicalidad profunda: El que no lo haga no tendrá vida eterna. Es un mensaje duro y cuesta escucharlo, por eso muchos de los discípulos se van y dejan de seguir a Cristo. Y si eso le pasó a los seguidores de Jesús, qué decir de los judíos que nada tenían que ver con el nazareno. Entonces llega la pregunta decisiva a los doce apóstoles: «¿También ustedes quieren irse?».

Jesús quiere que vivamos, o aprendamos a vivir, del Espíritu. Lo cual se especifica en sus palabras. Nos invita a dejar todo aquello que es caduco, que no trasciende. Desea que aprendamos a soltarnos de nuestro apego a lo finito. Se da cuenta de que fácilmente hemos aprendido a vivir de lo seguro, lo palpable, de lo que está alcance de la mano y que podemos controlar. Sabe que nos resulta mejor lo tangible que lo intangible. Entiende que nos aferramos, en demasía, a las cosas pasajeras que nos puede ofrecer esta vida, como si nunca llegaran a acabarse. Ha visto que preferimos todo aquello que toca nuestra fibra interior de plenitud, pero de un modo pasajero, antes que abocarnos a lo que realmente no se acaba. Nos está diciendo que nos falta mucho por conocer, si hasta ahora, con lo que nada tiene que ver con el Espíritu, pensábamos que habíamos encontrado la felicidad.

Entonces viene la propuesta: El Salto BASE. Pero un salto que significa:

B

Quiere que vivamos con “B” de Bienaventuranza. Bienaventurados los pobres, los humildes, los que lloran, los limpios de corazón, los pacíficos, los que tienen hambre y sed de justicia, los misericordiosos, los perseguidos, los insultados y calumniados por la causa de Jesús. Todo esto da vida eterna. Felicidad. ¿Cuánta B hay en nosotros? ¿Qué estamos dispuestos a dar para obtenerla?

A

Nos invita a vivir con “A” de Amor. El que hace que seamos capaces de dar la vida por los amigos. Un Amor que ama a Dios y al prójimo como a sí mismo. Amor que todo lo da, que no pide nada a cambio, que no busca el propio interés. Amor que todo lo espera, todo lo cree y no se envanece. No es envidioso, es compasivo y todo lo soporta. ¿Hasta ahora cuánto hemos amado con esta forma de amor divino?

S

Al mismo tiempo quiere que nuestra existencia sea con “S” de Salvación. Salvación porque hemos aceptado a Dios en nuestra vida y creemos en él. Y al mismo tiempo es “S” de Salvación para los demás. Es que si aceptamos esta propuesta, no podemos menos que querer también la salvación de los demás. Sabiendo que esto no se impone, sino que se ofrece. Es volvernos canales de la gracia de Dios para aquellos que no han podido encontrarla todavía. Y esto sin arrogancias, porque debe hacerse con humildad, entrega y servicio.

E

Finalmente, con “E” de Espíritu Santo. Es decir, habitados por Dios. Todo esto es posible desde nuestra unidad con el Señor. La plenitud llega cuando hemos buceado en nuestro interior y hemos encontrado a Dios. Y ese Espíritu es el que nos hace decir con san Agustín: «¡Tarde te amé, hermosura tan antigua y tan nueva, tarde te amé! Y he aquí que tú estabas dentro de mí y yo fuera, y por fuera te buscaba; y deforme como era, me lanzaba sobre estas cosas hermosas que tú creaste. Tú estabas conmigo, mas yo no lo estaba contigo. Me retenían lejos de ti aquellas cosas que, si no estuviesen en ti, no serían. Llamaste y clamaste, y rompiste mi sordera; brillaste y resplandeciste, y fugaste mi ceguera; exhalaste tu perfume y respiré, y suspiro por ti; gusté de ti, y siento hambre y sed, me tocaste, y me abrasé en tu paz» (Confesiones Libro X, Capítulo XXVII).

Esta es la propuesta, este es el Salto BASE que Jesús ofrece. ¿Será que nos pide mucho? ¿También nosotros nos vamos a ir y a dejarlo solo? ¿Nos animamos y aceptamos su desafío? No olvidemos que no estamos solos, sino que tenemos su Gracia para dar semejante Salto, semejante cambio de vida: De lo finito a lo infinito.

Qué curioso: todos quieren ir al cielo, pero nadie quiere morir. Y en este caso hay que morir, hay que saltar, para experimentar a Dios.

Ojalá que, finalmente, confesemos junto con Pedro: «Señor, ¿a quién iremos? Tú tienes palabras de Vida eterna. Nosotros hemos creído y sabemos que eres el Santo de Dios».

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