Locura

Marcos 6, 1-6a
Jesús se dirigió a su pueblo, seguido de sus discípulos. Cuando llegó el sábado, comenzó a enseñar en la sinagoga, y la multitud que lo escuchaba estaba asombrada y decía: «¿De dónde saca todo esto? ¿Qué sabiduría es esa que le ha sido dada y esos grandes milagros que se realizan por sus manos? ¿No es acaso el carpintero, el hijo de María, hermano de Santiago, de José, de Judas y de Simón? ¿Y sus hermanas no viven aquí entre nosotros?» y Jesús era para ellos un motivo de escándalo.
Por eso les dijo: «Un profeta es despreciado solamente en su pueblo, en su familia y en su casa». Y no pudo hacer allí ningún milagro, fuera de sanar a unos pocos enfermos, imponiéndoles las manos. Y Él se asombraba de su falta de fe.
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–¡Por favor, que pase el alumno Rodríguez, de quinto grado, al medio del patio! –Dijo la señora directora–. 

Temblaron mis piernas. No me moví. Ese día no había llegado tarde. No podía estar anotado en el libro de los tardones y no merecía media falta. ¿Pasar al frente? ¿Para qué? –me decía a mí mismo, muy confundido–.

La señorita Griselda, argentina de carácter alemán, me agarró del brazo y me puso a la vista de todos los chicos .

–Así, engominado, zapatos bien lustrados y delantal impecable, es como deben venir a la escuela –sentenció la primera mandataria escolar–. No volaba una mosca.

–¡Muy bien, pueden pasar a las aulas! –dijo de forma tajante–.

Los alumnos, entre murmullos, se fueron a clases. Aquella mujer se acercó y me dijo: –Muy bien. Dígale a su mamá que la felicito.

No sé si le di las gracias, pero me fui, marcando el paso, orgulloso de ser ejemplo de pulcritud en la escuela General Justo José de Urquiza, en la provincia de Salta. 

Si les cuento esta anécdota de mi infancia escolar, no es para rellenar el tema, y ni siquiera para compararme con Jesús, aunque creo que hay algunos puntos en común. Yo no hago milagros, ni hablo bien en la sinagoga, pero, salvando las distancias, a mí me pasó como a Cristo, pero revés.

Que me elogiaran por ir a clases, bien vestido y planchado, fue signo de que encajaba en los parámetros del alumno educado, bastante sumiso y respetuoso de las formas externas. Bien podríamos decir que era el “producto final” esperado. Para eso me habían estado educando: Para ser una persona ordenada, limpia, cortés y obediente. No había nada que reprochar, todo lo contrario. En cambio, Jesús, a quien todos conocen del barrio, es el carpintero, el hijo de María, sus hermanos son Santiago, Judas y Simón, y lo lógico, para las personas de su pueblo, es que siga siendo lo que es. Éste -se dirían unos a otros– no puede venir ahora a hacerse el importante.¡Qué se ha creído!

Para aquellos vecinos de Cristo, este hombre hacía cosas que no encajaban en el común de la gente. Y tampoco daba la talla para ser el Mesías. Si era uno de ellos, un tipo normal, entonces debía actuar como uno cualquiera. Y si de verdad era el enviado de Dios, no podía comportarse como lo hacía: Por ejemplo, romper con muchas cosas prescritas por la ley, ni hablar con la elocuencia con que lo hacía, ya que nadie le había dado tanta autoridad. Entonces, Jesús, no encajaba en los parámetros establecidos, y más que un orgullo, era una vergüenza. Se escandalizaban por él –dice el evangelio–.

La mayor parte del tiempo, estamos acostumbrados a que haya un cierto orden pre-establecido. Por eso, cuando alguien hace algo fuera de lo normal, nos sorprende, nos admira, e incluso hasta nos generar algo de envidia. De la buena, vamos a decir, para que nadie crea que está pecando. Y lo cierto es que, romper el molde, no lo hace cualquiera. Y esto no lo podían entender los co-provincianos de Cristo.

Por lo tanto, a mi entender, si de verdad estamos convencidos de que somos hijos de Dios, no sólo por un papel que dice que nos han bautizado, sino por convicción propia, tendremos que aprender a romper el molde, a llamar la atención y a generar críticas entre los nuestros. Esto hay que hacerlo, no por el afán de ser el centro del universo, sino porque de verdad somos personas que viven al estilo de Jesús. No iremos vestidos con túnica, pelo largo y barba, ni calzaremos sandalias, pero sí seremos lo suficientemente locos como para amar sin medida, poner la otra mejilla, perdonar de verdad, ser generosos, hasta con la propia vida, y misericordiosos sin límites. Y esto, según vemos que va el mundo, no encaja, rompe esquemas pre-concebidos.

Cabrían, entonces, algunas preguntas: ¿Cuándo fue la última vez que nos preguntaron si estábamos mal de la cabeza por haber perdonado a alguien? ¿Cuántas veces nos han tratado de imbéciles por creer y apostar por la fidelidad? ¿En cuántas ocasiones nos han dicho que somos unos tontos, que nos están engañando, cada vez que ayudamos a uno que está pidiendo en la calle? Siempre está el argumento, calma conciencia, que dice que usan el dinero para comprar droga o alcohol.

En definitiva, me parece que el evangelio nos invita a estar completamente locos, pero locos por querer vivir a fondo el amor de Dios. Es él quien nos lleva a hacer, a los ojos del mundo, auténticos disparates. Porque conocer a jóvenes que son capaces de pasar sus vacaciones en lugares de misión, en otros países donde hasta el agua potable escasea, sólo puede explicarse de dos maneras: O están locos y no saben vivir la vida, porque mejor es estar tirado en una playa, descansando; o es que hay un amor profundo al prójimo y a Dios, de tal magnitud, que raya la demencia.

Ser cristianos que no generan interrogantes a los demás, es ser uno más de los vecinos de Jesús. Seguramente, muchos de ellos, eran cumplidores de todo lo establecido por la ley. No había nada que reprocharles, pero tampoco nada por qué elogiarlos. Hacían lo que estaba mandado. Nada del otro mundo.

Finalmente, a esta receta de cómo ser cristiano, añadiría una cantidad importante de Fe y otra de Gracia. La primera e la que les faltó a los que escuchaban y veían a Jesús. Por eso él no hizo más milagros que curar a unos enfermos. Y digo que es necesaria la fe porque es la que posibilitará los milagros. Nosotros podremos ser los protagonistas de muchos momentos de auténtica presencia de Dios, pero la fe hará que él obre y suceda lo que nadie cree posible. Y si encontramos muchas dificultades y contratiempos, para no claudicar en esta gran misión de llevar la presencia de Dios en todo momento y lugar, habrá que recordar la segunda lectura, donde el Señor nos dice: «Te basta mi gracia, porque mi poder triunfa en la debilidad».

«Aquellos que están lo suficientemente locos como para pensar que pueden cambiar el mundo, son los que logran hacerlo»©.

©. Extraído del anuncio publicitario: Think Different.

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