Enamorarse

Mateo 28, 16-20
Después de la resurrección del Señor, los once discípulos fueron a Galilea, a la montaña donde Jesús los había citado. Al verlo, se postraron delante de Él; sin embargo, algunos todavía dudaron.
Acercándose, Jesús les dijo: «Yo he recibido todo poder en el cielo y en la tierra. Vayan, y hagan que todos los pueblos sean mis discípulos, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, y enseñándoles a cumplir todo lo que Yo les he mandado. Y Yo estaré con ustedes todos los días hasta el fin del mundo».

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Creo que nadie debería morirse sin haberse enamorado, al menos, una vez. Cuando hemos tenido esa experiencia, entonces, me parece, somos capaces de entender esto que llaman el misterio de la fe: La Trinidad. Unos se refieren a cupido, otros al “bichito del amor”, además de utilizar otras formas tan sugerentes como cursis, para decir que alguien se ha enamorado. Pero lo cierto es que, una vez que una persona se queda prendada por otra, el mundo cambia, sale el sol aunque esté nublado, las estrellas brillan con más intensidad, la luna te sonríe, todo el mundo se vuelve bueno, no hay montañas imposibles de escalar, ni mares tan profundos que no seamos capaces de explorar. El amor llega y se encuentra sentido a la vida.

Y para seguir con mi teoría del enamorado, cito a san Agustín, quien decía: «Aquí tenemos tres cosas: el Amante, el Amado y el Amor; un Padre Amante, un Hijo Amado y el vínculo que mantiene unidos a los dos, el Espíritu de Amor». Creo que es la mejor explicación acerca de la Santísima Trinidad. Tal vez así nos resulte más sencillo asimilar lo que dice el catecismo: Tres personas distintas y un mismo Dios verdadero. Los que se aman se vuelven uno y los mantiene unidos el amor. Eso mismo, decimos, es la esencia de este nuestro Dios Uno y Trino.

Entonces sí, en términos de amor, el cual siempre resulta fecundo, podemos afirmar que todo lo del Dios-Padre lo tiene el Hijo, y ese mismo Dios, completo, es el Espíritu Santo. Y pensando en dos personas, el amor perfecto los hace uno, pero no dejan de ser una individualidad al mismo tiempo. Y si hay hijos, en un matrimonio, ellos también son lo que son sus padres, sin perder su propia identidad. Y ahora sí, creo que podemos avanzar, para asimilar aún más lo que es y significa la Trinidad. Y para ello, tal vez sea mejor encarnar las actitudes de Dios-Padre, Dios-Hijo y Dios-Espíritu Santo.

Dios–Padre

Si hay algo que lo define es su ser creador. Nosotros también, si de verdad decimos que creemos en él, no podemos menos que vivenciar la Trinidad siendo también creadores. Y lo seremos cuando construyamos con nuestras palabras, en lugar de tirar por tierra a los demás con nuestra crítica. Seamos capaces de crear vidas felices, y no amargarle la existencia a los que están a nuestro lado. Somos creadores cuando hacemos algo por las necesidades que tienen los demás, dejando de lado nuestro egoísmo. Crear, crear, crear, no destruir, no matar.

Dios-Hijo

A Jesús lo entendemos y conocemos mejor por el perdón. Entonces, si queremos entender qué es la Trinidad, habrá que empezar por comprender qué es el perdón. Éste no pude faltar si decimos que creemos en Dios. Quedaría incompleta nuestra fe. Sería totalmente inútil nuestro bautismo si el perdón estuviera ausente en nuestras vidas. Aquél que sabe perdonar, sí que podrá decir que entiende quién es Dios

Dios-Espíritu Santo

El Espíritu es nuestra luz, nuestra fuerza, nuestro entendimiento. Será necesario encarnar al Espíritu, a Dios, y ser fuerza, luz, entendimiento para los demás. No podemos ser obstáculo en la revelación de Dios a las personas. Tenemos un pedido de Dios, del Espíritu: Ser canales de la verdad para la humanidad. Y en esto, no sólo nos referimos a la verdad divina, sino toda verdad. Ser de Dios, vivir el espíritu trinitario es hacer honor a la verdad en todos los ámbitos humanos. La verdad no se puede ocultar, y tiene que triunfar, en el cielo y en la tierra, en nuestra sociedad.

Entonces sí. Si asumimos el mandato de Jesús, y vamos a bautizar a todos los pueblos, sin distinción de castas o clases sociales, o lugar de origen, tendremos que hacerlo en el nombre del Padre del Hijo y del Espíritu Santo. Eso significa que entregaremos a Dios a otros diciéndoles que tienen que ser creadores, saber perdonar y volverse luz para este mundo y el cielo.

A Dios se lo entiende vivenciando lo qué él es en esencia. Podemos saber muchas teorías y fórmulas teológicas -y claro que está bien saberlas-, pero no nos servirán de nada si no somos capaces de encarnarlas.

Bautizar a todos en el nombre de la Trinidad, es decir, de Dios, es estar a favor de la felicidad y la vida plena. Eso es enamorarse y querer vivir del amor, que es querer vivir de Dios y con Dios.

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