Zapping

Juan 15, 9-17
Durante la Última Cena, Jesús dijo a sus discípulos: Como el Padre me amó, también Yo los he amado a ustedes. Permanezcan en mi amor. Si cumplen mis mandamientos, permanecerán en mi amor, como Yo cumplí los mandamientos de mi Padre y permanezco en su amor. Les he dicho esto para que mi gozo sea el de ustedes, y ese gozo sea perfecto. Éste es mi mandamiento: Ámense los unos a los otros, como Yo los he amado.
No hay amor más grande que dar la vida por los amigos. Ustedes son mis amigos si hacen lo que Yo les mando. Ya no los llamo servidores, porque el servidor ignora lo que hace su señor; Yo los llamo amigos, porque les he dado a conocer todo lo que oí de mi Padre.
No son ustedes los que me eligieron a mí,sino Yo el que los elegí a ustedes, y los destiné para que vayan y den fruto, y ese fruto sea duradero. Así todo lo que pidan al Padre en mi Nombre, Él se lo concederá. Lo que Yo les mando es que se amen los unos a los otros.

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Una de las cosas que más me pesaba, cuando hice la catequesis, era la cantidad de cuestiones que tenía que recordar. Empezando por los diez mandamientos, pasando por  los dones del Espíritu Santo, sin olvidar los cinco pasos para una confesión bien hecha. Tenía más que suficiente para pasarme tiempo estudiando. Esto, sabiendo que mi memoria nunca fue de las más prodigiosas, hacía que pasara muchos ratos, repitiendo como un lorito, aprendiendo lo básico del perfecto cristiano. Si ahora les pido que enumeren los preceptos de la Iglesia, ¿Por cuál empezarían?

Después, con el tiempo –dicen–, hay muchas cosas que, aparentemente, se van olvidando. No porque seamos malos seguidores de Cristo, sino porque nos quedamos con lo esencial. ¿Verdad? Y lo cierto es que, poco a poco –me contaron– muchos cristianos se van acostumbrando a un modo, un ritmo, una rutina. Fechas y momentos en los que se sienten obligados a estar más cerca de un templo, y otros tiempos en los cuales, por supuesto sin dejar a Dios de lado, se distancian de lo religioso. La vida, el cuerpo, –dicen– necesitan acomodarse, y hay temporadas en las que no se siente nada, entonces –continúan– sería de hipócritas estar golpeándose el pecho. La Iglesia –agregan– exige esto y aquello, quiere que nos comportemos de tal manera y nos pide unas formas antiguas, o pasadas de moda, que nada dicen en esta época. ¿Cuándo se renovará? –concluyen–.

Y hoy llega Juan que nos cuenta lo que Jesús dijo a sus discípulos en la última cena. Básicamente, fue lo siguiente: Él nos elige, no nosotros a él. Nos ama primero y quiere que cumplamos sus mandamientos para permanecer en su amor. Ya no nos llama siervos, sino amigos. Nos da la tranquilidad de que todo lo que pidamos al Padre, en su nombre, él nos lo va a conceder. Y pide, finalmente, que nos amemos los unos a los otros. Parece que nos son pocas cosas a las que hay que prestarle atención, aunque en realidad, creo que las podríamos resumir en una idea: sencillos, directos y sin hacer zapping.

Sencillos

No puedo dejar de pensar en esta palabra. Al principio les conté mi experiencia, cuando era un niño, acerca de la catequesis y los malabarismos que tenías que hacer para aprender un larga lista de contenidos de la fe y la religión. Eso me dio una sensación de que todo este asunto no era cosa fácil y sencilla. Pero, después de varios años, podemos concluir que estamos llamados a vivir según lo que somos: Imagen y semejanza de Dios. Que, a mi entender, es ser sencillos. Es necesario que recordemos que nuestra fe cristiana no es un sistema religioso, sino una forma de vida, un camino, un manera de estar en el mundo. Para nada deberíamos pensar, o vivir, nuestra vida cristiana como un conjunto de obligaciones, con un código de leyes a cumplir y unas prácticas religiosas que se deben observar. Eso mata la fe y al cristiano. Está bien que, en la Iglesia fundada por Cristo, se hayan normalizado muchas cuestiones, para no perder el norte de las cosas y confundir la buena noticia de Dios con lo que no es, pero siempre debería ayudarnos a vivir una vida en Dios con mayor libertad y autenticidad, sin ahogarnos.

Directos

Esta forma es la que más me gusta de Cristo. No se anda con rodeos y eufemismos. Siempre es claro y directo en lo que dice y propone. Su mensaje es tan verdadero que no caben las dudas, y eso nos da tranquilidad y esperanza. De igual modo, creo que nosotros deberíamos bregar por vivir de una forma parecida. Se tiene fe o no se tiene. Se ama o no se ama. Amar a todos por igual, y no decir que amamos, pero con condiciones. Directos es también poder mirar de frente. Sin ocultar cosas, de un modo transparente. Y eso se logra, a mi modo de entender, permaneciendo en Dios.

Sin hacer zapping

Esta es la imagen que nos puede ayudar (ojalá) a saber por dónde empezar. Nos dirá cuál es el punto de partida para ser cada vez más de Dios, más sencillos y más directos en nuestro sí al Señor.

Quién de nosotros puede decir que no ha tenido en sus manos un control remoto, el mando a distancia que dicen por ahí. Diría que, a diario, tenemos la posibilidad de estar frente al televisor y pasar canales a nuestro gusto. Incluso, cuando estamos aburridos, y no sabemos qué ver, qué hacemos: zapping. Saltamos de programa en programa, vemos de todo y no vemos nada. Y, este acto, es tan habitual que puede haberse hecho parte de lo que somos. En la vida, en general, también es posible que vivamos en modo zapping. Pasando de una cosa a la otra, casi sin darnos cuenta, haciendo de todo y casi sin hacer nada. Entonces, la propuesta es que dejemos de hacer zapping, especialmente en las cosas de Dios. Es el mensaje que Juan, en su evangelio, viene a ofrecernos. Nos pide, en palabras de Jesús, que permanezcamos en su amor. Esa es la clave para que el resto se haga realidad. Para ser de Dios, tenemos que permanecer en su amor, dejar el control remoto a un lado, y quedarnos con el mejor programa que se nos ofrece: Vivir en el amor.

Cuando más veamos el canal del amor de Dios, más nuestro lo vamos a sentir. Cuanto más tiempo procuremos estar viviendo en el amor, más natural se nos hará amar. De un modo más sencillo y directo podremos decir a los demás, sin temor a equivocarnos, que los amamos. Así estaremos seguros de que somos de Dios y que, a su vez, todo lo que esté propuesto como modo de vida cristiano se hace carne en nosotros.

Permanecer sí, zapping no. La próxima vez que se sienten, delante de un televisor, se van a acordar de cómo se vive con Dios: Permaneciendo en su amor. Amando, y amándonos los unos a los otros. A amar se aprende amando. No cambien de canal.

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