Lobo

Juan 15,1-8
A la Hora de pasar de este mundo al Padre, Jesús dijo a sus discípulos: Yo soy la verdadera vid y mi Padre es el viñador. Él corta todos mis sarmientos que no dan fruto; al que da fruto, lo poda para que dé más todavía. Ustedes ya están limpios por la palabra que Yo les anuncié. Permanezcan en mí, como Yo permanezco en ustedes. Así como el sarmiento no puede dar fruto si no permanece en la vid, tampoco ustedes, si no permanecen en mí.
Yo soy la vid, ustedes los sarmientos. El que permanece en mí, y Yo en él, da mucho fruto, porque separados de mí, nada pueden hacer. Pero el que no permanece en mí, es como el sarmiento que se tira y se seca; después se recoge, se arroja al fuego y arde.
Si ustedes permanecen en mí y mis palabras permanecen en ustedes, ti pidan lo que quieran y lo obtendrán. La gloria de mi Padre consiste en que ustedes den fruto abundante, y así sean mis discípulos.

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Homo homini lupus est, es una de las frases latinas conocidas, especialmente, en el mundo de la filosofía. Traducido sería: El hombre es lobo para el hombre. Siempre lo relacionamos con Hobbes, un filósofo inglés del siglo XVII, quien habla del egoísmo como elemental en el comportamiento humano, aunque en realidad la frase primigenia, y completa, es de una obra de Plauto, que dice: “Lobo es el hombre para el hombre, y no hombre, cuando desconoce quién es el otro”. Bien, hasta aquí la clase de historia y filosofía, ya que creo que tenemos elementos suficientes para echar luz en el evangelio de este domingo.

Evidentemente, cualquiera de nosotros que lea la palabra de Dios entiende claramente que, el que no está unido a Jesús no puede dar fruto, y el que no lo dé será apartado, desechado, porque no sirve. Este es un mensaje radical y contundente. Entonces, sería ridículo que, visto desde nuestra fe, no hiciéramos caso y no nos esforzáramos por estar unidos a la vid y, consecuentemente, dar el mejor fruto posible. Aunque la realidad de nuestra vida cristiana, no siempre demuestra que hemos entendido este anuncio. ¿Podemos decir, sin temor a equivocarnos, que estamos unidos a Cristo y que estamos dando fruto? Ojalá la respuesta sea clara y unánime: Sí. Y estoy convencido de que hay personas que, efectivamente, pueden decir: Sí. Entonces, ¿Qué tenemos que agregar o explicar?

A veces, vemos que, sin desmerecer los esfuerzos que hacemos por dar buenos frutos (Dios seguramente los tiene en cuenta), en más de una ocasión, debemos admitir, estamos más bien para ser arrancados y arrojados fuera, porque de frutos, nada de nada, y esto será porque nos hemos convertido en lobos. Entonces, aquí es donde volvemos a citar, «El hombre es lobo para el hombre», aunque, tal vez, sea mejor formular una pregunta: ¿Cuándo el hombre se convierte en lobo para el hombre? Hay varias respuestas, tal es como:

El hombre es lobo para el hombre cuando sólo piensa en sí mismo, cuando es capaz de destruir porque el otro no piensa igual que uno, cuando la pobreza y la necesidad de las personas ya no duelen como propias, cuando se es indiferente, apático, a la existencia del que está al lado. Se es lobo cuando se vive en el temor y la desconfianza, porque eso hace que uno se vuelva hasta agresivo con aquello o aquél a quien se teme o desconfía, cuando los juicios que se emiten sobre el prójimo, la mayoría de las veces, son destructivos, cuando se es incapaz de amar generosamente y sin egoísmos. Estas pueden ser algunas de las formas en las que podemos actuar y, por lo tanto, ser lobos destructores para los otros. Es decir, que no damos frutos buenos y estamos para ser cortados y arrojados fuera.

Aquí es donde viene el evangelio de Juan con su propuesta, válida también para nuestra época. Y, aunque sea verdad que cualquiera puede, por sus propios medios, procurar no ser lobo para los demás, también es cierto que, desde nuestra fe, la mejor manera de dar frutos de vida es vivir unidos a Dios. Esto hará que dejemos de ser lobos, si es que lo somos en alguna ocasión. Será necesario, entonces, recrear al hombre, para que deje de serlo y pase a ser cordero. Y esto será posible en la medida que, con un corazón abierto, se reciba la palabra del Señor. Ella es la única capaz de transformar, de abrirnos los ojos para ver la necesidad de los demás, y socorrer. Es tan milagrosa que, a pasar de las limitaciones que podemos tener, hace que seamos generosos, que amemos sin buscar algo a cambio, que nuestros juicios sean constructivos, que el miedo y la desconfianza no se apoderen de nuestra vida, pero sobre todo que queramos ser cada vez más de Dios, lo cual hará que nos volvamos más humanos y más divinos, y por fin de lobos pasemos a ser corderos. Entonces aparecerán los frutos buenos, los que trascienden y crean.

Fíjense en la primera lectura de este domingo, donde san Pablo, una vez convertido, quiere ver y unirse a los apóstoles, pero estos desconfían de él. Cómo éste –dicen ellos– que hasta hace poco nos quería muertos, ahora pretende estar de nuestro lado. Pablo era el lobo para los cristianos de aquél momento. Pero pasó a ser cordero. Y esto fue posible porque escuchó la voz de Dios y la dejó entrar en su vida. La palabra lo transformó y vemos los frutos que dio, Pablo de Tarso.

De igual modo, en la medida que dejemos entrar la palabra de Jesús en nuestra mente y corazón, más unidos estaremos a Dios y más frutos de vida seremos capaces de dar. Es que su palabra es sinónimo de entrega, generosidad, amabilidad, amor, donación, vida, creación, aliento. Estos son los frutos del Espíritu, y frutos del Cordero, que también pueden ser los nuestros.

De lobos a corderos, sólo se pasa si estamos, como el sarmiento, unidos a la Vid, unidos a Cristo, y la puerta de enlace es la Palabra de Dios. ¿A qué esperamos para empezar a escucharla y leerla?

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