Cambio de actitud

Pedir

Ciclo C – Domingo XVIII Tiempo Ordinario

Lucas 12, 13-21
Uno de la multitud dijo al Señor: «Maestro, dile a mi hermano que comparta conmigo la herencia». Jesús le respondió: «Amigo, ¿quién me ha constituido juez o árbitro entre ustedes?» Después les dijo: «Cuídense de toda avaricia, porque aun en medio de la abundancia, la vida de un hombre no está asegurada por sus riquezas». Les dijo entonces una parábola: «Había un hombre rico, cuyas tierras habían producido mucho, y se preguntaba a sí mismo: “¿Qué voy a hacer? No tengo dónde guardar mi cosecha”. Después pensó: “Voy a hacer esto: demoleré mis graneros, construiré otros más grandes y amontonaré allí todo mi trigo y mis bienes, y diré a mi alma: Alma mía, tienes bienes almacenados para muchos años; descansa, come, bebe y date buena vida”. Pero Dios le dijo: “Insensato, esta misma noche vas a morir. ¿Y para quién será lo que has amontonado?” Esto es lo que sucede al que acumula riquezas para sí, y no es rico a los ojos de Dios».
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“Si no podemos cambiar la situación, siempre tenemos la libertad última de cambiar nuestra actitud ante esa situación”.

Esta es una frase de Victor Frankl, aquél neurólogo y psiquiatra austriaco, fundador de la logoterapia, que sobrevivió en varios campos de concentración nazis, incluidos Auschwitz y Dachau. Su obra más conocida es “El hombre en busca de sentido”.

El evangelio nos cuenta acerca de Jesús que no quiere ser juez entre dos hermanos que tienen problemas por la herencia recibida y luego vemos la parábola de aquél hombre, avaricioso, que acumula y pone toda su confianza y seguridad en las riquezas que ha juntado. Y lo curioso de este texto es que es tan actual como antiguo y cierto. Conflictos, peleas y discordias por herencias las hay muchísimas y que haya personas que sólo se sienten seguros a raíz de sus bienes, es también muy de nuestro tiempo.

Creo que una de las cosas que queda de manifiesto es que no se condena la riqueza en sí misma, ni el hecho de tenerlas, pero sí a la fiebre de acumular por acumular. Tal vez por eso, tanto san Pablo en la segunda lectura, como Jesús en el evangelio dicen que el peligro está en la avaricia, que es el afán de poseer riquezas por el placer de poseerlas. No podemos pensar que “los ricos” están casi condenados por lo que han atesorado, o que creer que quedándonos como un “pobre de solemnidad” ya nos acredita para entrar el cielo. Es que en esto, ya sabemos, no son los bienes que tenemos los que inclinan la balanza, sino nuestra actitud ante los mismos.

Hay una frase de la madre Teresa de Calcuta que dice: «La pobreza no la hizo Dios, la hacemos tú y yo cuando no compartimos lo que tenemos». Y esta puede ser también la luz que nos ilumine en la reflexión. Es que el no-compartir nos lleva lejos de Jesús, nos encierra en nosotros mismos y sólo existe el ego. Esto sí creo que Dios no lo ve con buenos ojos, entonces cabe preguntarnos: ¿Qué tan generosos somos? ¿Compartimos de corazón o sólo para “cumplir el expediente”?

Por otro lado, aunque no se menciona de forma explicita, tal vez sea bueno poner la mirada en lo que no son bienes materiales, pero que también pueden ser nuestros tesoros. Los conocemos más como méritos. Eso que decimos que tenemos o hacemos para entra al cielo. Ojalá no se nos pase por la cabeza, menos por el corazón, el pensar que ganamos galones o medallas, y que las acumulamos para luego presentarlas y decir que tenemos derecho al paraíso. Tal vez se ponga en evidencia qué pensamos acerca de este tema si nos preguntamos: ¿Creemos que “por justicia” nos tienen que dar el pase al cielo, porque somos buenos y cumplidores de los preceptos de Dios? O ¿Acaso creemos que es injusto que alguien vaya el cielo si toda su vida fue un “golfo”, un “granuja”, un “desgraciado”, sólo porque se arrepintió al final? Es decir, no tienen los méritos que hay que tener.

Aquí no valen las especulaciones, y a nosotros no nos toca juzgar y decidir quién puede y quién no puede salvarse. Sí está clarísimo que hay que amar a Dios y a las personas, por el sólo hecho de amarlas, y ayudar a los demás por las personas mismas, por amor a ellas y por amor a Dios. Todo aunque no hubiera cielo. Si somos buenos y hacemos todo aquello que entendemos que Dios nos pide, lo hacemos por estar convencidos del amor de Dios, no por el cielo prometido. Si luego el Señor nos quiere a su lado, ¡aleluya!

Antes citaba a Victor Frankl, que nos hablaba de cambiar nuestra actitud antes las situaciones que no pueden cambiar. Y es que no está en cambiar la situación a mayor o menor riqueza personal, entre otras cosas porque es difícil establecer un límite de enriquecimiento, pero sí es posible ver, revisar y cambiar, si hace falta, nuestra actitud ante esos tesoros o bienes que decimos tener. Estamos llamados para algo más que para acumular riqueza. Nuestras seguridades no pueden sostenerse sólo por lo que podemos contar en billetes, bienes y propiedades.

Tal vez nos sirva recordar lo que el Papa Francisco dijo: “Nunca vi un camión de mudanza detrás de un cortejo fúnebre”. Y tiene razón. Nadie se lleva nada cuando se muda al “otro barrio”.

Hasta donde la oración nos lleve

Hasta donde la oración me lleve

Ciclo C – Domingo XVII Tiempo Ordinario

Lucas 11, 1-13
Un día, Jesús estaba orando en cierto lugar, y cuando terminó, uno de sus discípulos le dijo: «Señor, enséñanos a orar, así como Juan enseñó a sus discípulos». Él les dijo entonces: «Cuando oren, digan:  Padre, santificado sea tu Nombre, que venga tu Reino, danos cada día nuestro pan cotidiano; perdona nuestros pecados, porque también nosotros perdonamos a aquéllos que nos ofenden; y no nos dejes caer en la tentación».
Jesús agregó: «Supongamos que alguno de ustedes tiene un amigo y recurre a él a medianoche, para decirle: “Amigo, préstame tres panes, porque uno de mis amigos llegó de viaje y no tengo nada que ofrecerle”, y desde adentro él le responde: “No me fastidies; ahora la puerta está cerrada, y mis hijos y yo estamos acostados. No puedo levantarme para dártelos”. Yo les aseguro que aunque él no se levante para dárselos por ser su amigo, se levantará al menos a causa de su insistencia y le dará todo lo necesario.
También les aseguro: pidan y se les dará, busquen y encontrarán, llamen y se les abrirá. Porque el que pide, recibe; el que busca, encuentra; y al que llama, se le abrirá. ¿Hay entre ustedes algún padre que da a su hijo una serpiente cuando le pide un pescado? ¿Y si le pide un huevo, le dará un escorpión? Si ustedes, que son malos, saben dar cosas buenas a sus hijos, ¡cuánto más el Padre del cielo dará el Espíritu Santo a aquéllos que se lo pidan! »
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Para centrar la atención en qué nos dice el evangelio este fin de semana, me parece oportuno citar una película alemana, titulada “Hasta donde los pies me lleven”. El protagonista que dice no creer en Dios, sin embargo tiene actitudes y valores en su vida que podrían ser los del más ferviente cristiano. Incluso llega a rezar el Padrenuestro, mientras huye del campo de concentración en Siberia, donde fue enviado con una condena de 25 años de trabajos forzados, después de II Guerra Mundial. El film está basado en hechos reales.

Tenemos a Jesús que enseña, a petición de sus discípulos, cómo deben orar. Y nos encontramos con el Padrenuestro. Es la oración más conocida de la historia, me atrevo a decir, y nosotros cristianos, podríamos estar muy orgullosos de ello. Sin embargo siempre me asalta una duda: ¿Hasta qué punto estamos convencidos de lo que rezamos o repetimos?

Por supuesto que cada uno, podríamos decir, reza a su manera. Seguramente el Padrenuestro es y puede ser paradigma de oración, pero tenemos que encontrar nuestro mejor modo de acercarnos y estar con Dios. Porque para eso es la oración, para tener y expandir un espacio interior de convivencia con Dios mismo. De nada sirven las “fórmulas mágicas” de oración, ni los patrones establecidos arbitrariamente. Decir que todo el mundo tiene que hacer la Coronilla de la Misericordia, para estar a bien con Dios, no es cierto. A algunos les ayudará muchísimo, a otros simplemente no les resultará muy bien. En este tema también hay libertad. Aunque sí creo que hay tener en cuenta algunos puntos que ayudarán a que nuestra oración tenga el espíritu de lo que Jesús nos enseña hoy.

Tal vez lo primero que deberíamos hacer es comenzar por el final del evangelio. Es decir: Pedir el Espíritu Santo. Él será quien inspire mejor en nosotros el modo de dirigirnos a Dios. Porque podemos decir que es el mismo Dios quien suscitará nuestra plegaria. Ya decía san Agustín: Nada de lo que digamos a Dios antes no ha sido inspirado por Dios mismo en nosotros.

El resto tiene que ver con “pedir en plural”. Por supuesto que muchas de nuestras oraciones son a título personal. Incluso creo que gran parte de la oración que hacemos es de forma individual. Pero si nos fijamos en el Padrenuestro, vemos que el tiempo verbal que utiliza es la primera persona del plural, el “nosotros”. Tal vez por dos motivos. Porque nuestra oración no debe ser egoísta, donde sólo prima el “yo”: Yo te pido, dame esto, dame aquello, yo necesito. También debemos pensar en el bien común, en los otros, en el que tenemos a nuestro lado y que también tiene necesidades. Y lo segundo seguramente tiene que ver con lo que Jesús quiere que hagamos: Que recemos juntos. ¿Cuántos nos juntamos a rezar? Está bien decir que la Eucaristía es una oración en común, pero ¿acaso somos capaces de reunirnos para hacer nuestra oración? No sé si hoy es una costumbre, pero lo era para las primeras comunidades cristianas. ¿Rezamos en familia?

Por otro lado, nuestra oración debe ser tenaz. No podemos claudicar en nuestras plegarias, simplemente porque las cosas que pedimos no suceden de un modo inmediato. Si nos fijamos en el ejemplo que nos trae el evangelio, vemos que la insistencia del que va a pedir pan a su amigo no queda reducida a una sola vez. Jesús mismo nos anima a insistir.

Lo siguiente será tener confianza. No podemos rezar y pedir y al mismo tiempo estar pensando: “No creo que Dios me conceda esto”, “es demasiado lo que le estoy pidiendo”, “tal vez el Señor nos conceda lo que pedimos, pero es muy difícil”. Tenemos que aprender a confiar y esperar, con la certeza de que ya lo tenemos y por consiguiente agradecer. ¿Acaso no nos dice el mismo Jesús, en el evangelio de Mateo, capítulo 11, versículo 24: «Por eso os digo que todas las cosas por las que oréis y pidáis, creed que ya las habéis recibido, y os serán concedidas»? Entonces, si creemos que ya las hemos obtenido, deberíamos agradecer.

Y aquí es donde vuelvo a citar aquella película alemana, “Hasta donde los pies me lleven”. Es que me parece percibir en aquél hombre que, aun viendo las condiciones en la que vive, no deja de buscar, de pedir podríamos decir, el volver a casa. Está convencido de que va a regresar con su esposa y sus hijos y es capaz de caminar 14.000 km., con tal de hacer realidad aquello que más anhela.

Si vale la comparación: ¿Hasta dónde hemos sido capaces de esperar, perseverar y pedir, con tal de que Dios nos responda? Y claro que surge otra duda: ¿Hasta cuándo? ¿Por qué Dios nos tiene que hacer esperar tanto? Tal vez la respuesta la podamos encontrar en lo que, otra vez, san Agustín nos dice: «Cuando nuestra oración no es escuchada es porque pedimos aut mali, aut male, aut mala. Mali, porque somos malos y no estamos bien dispuestos para la petición. Male, porque pedimos mal, con poca fe o sin perseverancia, o con poca humildad. Mala, porque pedimos cosas malas, o van a resultar, por alguna razón, no convenientes para nosotros”. (La ciudad de Dios, 20, 22).

Lo principal: Saber que Dios es nuestro padre y nos escucha.

Superar expectativas

Marta y María

Ciclo C – Domingo XVI Tiempo Ordinario

Lucas 10, 38-42
Jesús entró en un pueblo, y una mujer que se llamaba Marta lo recibió en su casa. Tenía una hermana llamada María, que sentada a los pies del Señor, escuchaba su palabra. Marta, que estaba muy ocupada con los quehaceres de la casa, dijo a Jesús: «Señor, ¿no te importa que mi hermana me deje sola con todo el trabajo? Dile que me ayude». Pero el Señor le respondió: «Marta, Marta, te inquietas y te agitas por muchas cosas, y sin embargo, una sola cosa es necesaria. María eligió la mejor parte, que no le será quitada».
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Para reflexionar acerca de este evangelio, tal vez nos puede servir como punto de partida, la película Invictus. Ésta nos cuenta acerca de cómo el Presidente Nelson Mandela se alía con el capitán de los Springboks, el equipo de rugby Sudafricano, para ayudar a la unidad del país. Y esto supuso un gran cambio en el orden social de Sudáfrica. Así entonces, con este escenario, creo que podemos pensar en la Palabra de Dios de este domingo.

Tenemos a Jesús que llega a la casa de Marta. María, hermana de aquella, se sienta a los pies del recién llegado, para aprender lo que éste tiene que decirle. La dueña de casa se afana con los quehaceres del hogar y se queja de que su hermana no le ayuda. Cristo, que no se enfada con Marta, ni la critica por hacer lo que hace, sí deja claro que María eligió la mejor parte y que no le será quitada.

Aquí podríamos sacar a la luz algunas conclusiones rápidas y ciertas, como que la escucha contemplativa de la Palabra de Dios es prioritaria. También podríamos agregar que la acción es la otra cara de la moneda. Y si bien esta dualidad, casi contrapuesta, de acción y contemplación se sostiene como explicación de este evangelio, creo que el mensaje que nos trae Lucas es mucho más profundo y trascendente. Está muy bien decir que reflejamos dos facetas, pero no nos podemos conformar sólo con eso y evaluar dónde nos situamos; si en el lugar de Marta o en el de María.

Jesús, no sólo en aquél momento, sino hoy también, nos está dejando un mensaje muy directo a la Iglesia entera. Y lo primero que podemos tener en cuenta es la igualdad que Dios quiere. Esto se desprende de la escena que el evangelista relata: María está sentada a los pies de Jesús. Aquél lugar, según las tradiciones de la época, estaba reservado para los discípulos, es decir, para los hombres. No para las mujeres. Sin embargo, Cristo deja, y quiere, que María ocupe ese sitio. Además, defiende esa situación y no quiere que cambie. Marta, por otro lado, es la que está correcta y socialmente bien ubicada. Sabe y cumple con el rol que le toca: El de la mujer. Debía atender al visitante y su función era ocuparse de los menesteres del hogar. Esto último, seguro que lo estamos calificando de machista. Y lo es. Pero la sociedad de aquél entonces funcionaba –y funciona, me parece– de ese modo. Y en esto vemos que Jesús respeta ese orden social, pero al mismo tiempo amplia las posibilidades que, en este caso la mujer, podía tener. La pregunta que surge entonces es: ¿Todavía seguimos viviendo, en alguna medida, en aquél esquema de vida social y religiosa?

Nosotros, cristianos, como Iglesia, no podemos menos que pensar en nuestro orden social, civil y eclesiástico. Creo que deberíamos repensar, si es necesario, muchas de nuestras formas y posturas y buscar una igualdad real, querida por Dios. Y aquí entran tantos temas como podamos imaginar: Igualdad de oportunidades, de justicia, de acceso a los servicios públicos, igualdad racial, igualdad entre varón y mujer, igualdad social, igualdad eclesial. Y esta es una de las tareas y misión que tenemos los bautizados: Que esto se haga realidad.

Aquella película, Invictus, hace referencia a la capacidad, tal vez única, de Nelson Mandela, para lograr la unidad del país. Él logra salir del encierro de una clase social y mirar más allá. Busca el perdón entre los blancos y los negros, para fundar sobre él un nuevo orden social. Si aquél presidente, como muchos políticos, sólo se hubiera abocado a defender a los de su clase, a los negros, nunca hubiera logrado superar el Apartheid. Y en nuestro caso, teniendo en cuenta el evangelio de este domingo, deberíamos escuchar la voz de Jesús, y comprender lo que desea. Quiere que aprendamos a superar nuestras diferencias, y que busquemos y defendamos una verdadera equidad. Esto requiere considerar al otro como una persona en igualdad de condiciones. Y si no las tiene, debemos dárselas y mantenerlas.

Entonces lo siguiente, tal vez sea pensar en casa, en nuestra Iglesia. ¿Qué orden establecido tenemos dentro? ¿Hombres y mujeres siguen teniendo un rol definido e inamovible? Hace poco, en el mes de mayo de este año 2016, se creó una comisión para estudiar la posibilidad de que las mujeres puedan volver a ser diaconisas en la Iglesia, tal y como lo fueron en el pasado. Y ojalá éste sea el inicio de un camino nuevo. Nuestra Iglesia necesita renovación y actualización en el modo de llevar el amor, la palabra y la esperanza que surgen de creer en Dios. No podemos quedarnos con hay pocas vocaciones masculinas para el sacerdocio. Las mujeres también pueden y deberían poder sumarse a este servicio. Al menos aquellas que se sientan llamadas a hacerlo. ¿Acaso no son también hijas de Dios, bautizadas, y por lo tanto profetas, sacerdotes y reyes? Tal vez deberíamos utilizar el género femenino y decir sacerdotisas, profetas y reinas. Todo fruto de la Gracia recibida en el bautismo. ¿O acaso reciben las mujeres un bautismo diferente?

Sabemos que hay suficiente fundamentos bíblicos y teológicos para decir “no” a esa posible realidad, como se ha sostenido hasta ahora, pero es algo que, tal vez, debería replantearse. La Iglesia, si quiere dar respuesta a la realidad de esta época, debe también buscar su mejor posición, su mejor y renovado orden eclesial, con tal de poder superar las barreras de la desunión y el desamor.

Queremos un mundo nuevo, fundado en la Palabra de Dios. Entonces habrá que empezar por la mejor parte, la de María, y sentarse delante de Dios para escucharlo, para aprender de él, para descubrir los caminos que quiere que andemos. Y después habrá que convertirse en Marta, dejando de ser sólo María, y actuar. Y para lograr que esto sea realidad, en palabras de Nelson Mandela, la Iglesia entera, es decir nosotros, poniendo la confianza en Jesús, «tenemos que superar nuestras propias expectativas».

Conmoverse

Jesús en la cruz

Ciclo C – Domingo XV Tiempo Ordinario

Lucas 10, 25-37
Un doctor de la Ley se levantó y le preguntó a Jesús para ponerlo a prueba: «Maestro, ¿qué tengo que hacer para heredar la Vida eterna?» Jesús le preguntó a su vez: «¿Qué está escrito en la Ley? ¿Qué lees en ella?» Él le respondió: «Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma, con todas tus fuerzas y con todo tu espíritu, y a tu prójimo como a ti mismo». «Has respondido exactamente —le dijo Jesús—; obra así y alcanzarás la vida». Pero el doctor de la Ley, para justificar su intervención, le hizo esta pregunta: «¿Y quién es mi prójimo?» Jesús volvió a tomar la palabra y le respondió: «Un hombre bajaba de Jerusalén a Jericó y cayó en manos de unos ladrones, que lo despojaron de todo, lo hirieron y se fueron, dejándolo medio muerto. Casualmente bajaba por el mismo camino un sacerdote: lo vio y siguió de largo. También pasó por allí un levita: lo vio y siguió su camino. Pero un samaritano que viajaba por allí, al pasar junto a él, lo vio y se conmovió. Entonces se acercó y vendó sus heridas, cubriéndolas con aceite y vino; después lo puso sobre su propia montura, lo condujo a un albergue y se encargó de cuidarlo. Al día siguiente, sacó dos denarios y se los dio al dueño del albergue, diciéndole: “Cuídalo, y lo que gastes de más, te lo pagaré al volver”. ¿Cuál de los tres te parece que se portó como prójimo del hombre asaltado por los ladrones?» «El que tuvo compasión de él», le respondió el doctor. y Jesús le dijo: «Ve, y procede tú de la misma manera».
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No me mueve mi Dios, para quererte
el cielo que me tienes prometido,
ni me mueve el infierno tan temido
para dejar por eso de ofenderte.
Muéveme en fin, tu amor de tal manera
que aunque no hubiera cielo yo te amara
y aunque no hubiera infierno te temiera.

 

Tú me mueves, Señor, muéveme el verte
clavado en una cruz y escarnecido;
muéveme el ver tu cuerpo tan herido;
muévenme tus afrentas y tu muerte,
No me tienes que dar por que te quiera,
porque aunque cuanto espero no esperara
lo mismo que te quiero te quisiera.

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Este soneto, atribuido a varios autores, entre ellos San Juan de la Cruz, Santa Teresa de Jesús y fray Miguel de Guevara, creo que a la mayoría nos conmueve. Desde la simpleza y el peso de las propias palabras no deja lugar a la duda y declara un amor libre y profundo, sin intereses, hacia Jesucristo. Y creo que resume el mensaje del evangelio.

Jesús se ve interrogado por un doctor de la ley. Éste busca la respuesta acorde a la ley establecida, pero Cristo se desmarca y amplia los horizontes: Decirle a un judío que tiene que actuar como el samaritano de la parábola, es llevarlo a un lugar fuera de su concepto de prójimo. Y dejar en evidencia que los propios, un levita y un sacerdote, se habían equivocado al no ayudar al que estaba malherido, fue como llamarlos ignorantes, incluido el doctor de la ley, porque no conocían realmente a Dios y su voluntad.

Nosotros, más avezados y avanzados, sabemos, en teoría, que hay que ayudar al prójimo, y que éste puede ser cualquier persona, más allá de credos y razas. Sin embargo no siempre pasamos el test del “buen samaritano”. Unas veces por ignorancia u olvido, y otras porque tenemos una buena razón para no ayudar a quien nos necesita.

Hoy en día, “los que están tirados en el camino” se hacen presente en muchas realidades: Los sin techo, o “en situación de calle”, los que piden en las esquinas y en las puertas de los templos, los desempleados, los que están solos, los enfermos en hospitales y que no tienen familia, los ancianos olvidados en las residencias, los hijos que crecen con una ausencia grande de sus padres, los que son víctimas de la usura, los refugiados (o debería decir los que están esperando que les den refugio), los encarcelados, los adictos a las drogas o al alcohol, entre otras muchas adicciones, los que sufren violencia, hombres, mujeres y niños, los padres que esperan siempre a sus hijos, y muchas otras formas que, en esta época, nos recuerdan al que fue asaltado en la parábola.

Y ante todo esto, en muchas ocasiones, no sólo los sacerdotes o los levitas, sino también nosotros somos los que damos un rodeo y seguimos nuestro camino. Porque no tenemos tiempo, porque hay cosas más importantes —decimos— que tenemos que atender, o simplemente porque no queremos involucrarnos o meternos en problemas ajenos. El caso es que, aún sabiendo lo que Jesús enseña hoy, no siempre respondemos como él quiere que lo hagamos. Y por supuesto que también hay muchas personas que sí se detienen y que, al igual que el buen samaritano, se ocupan del desvalido. Pero parece que el porcentaje no es muy alto, porque sigue habiendo gente que está tirada a la vera del camino y nadie los ayuda.

Primero recordé aquél soneto, especialmente porque se ve que quien lo recita está muy conmovido con Jesús y le declara su amor. Y esto me llevó a pensar la siguiente pregunta: ¿Qué nos mueve o qué nos conmueve? ¿Realmente el sufrimiento del otro nos toca el corazón y actuamos en consecuencia? Hoy Cristo nos revela algo muy importante: Cómo ganar la vida eterna. Y vemos que se logra amando a Dios y al prójimo, y si queremos, también podríamos decir, amando a Dios en el prójimo. Aun así, creo que sigue resonando en nosotros la pregunta del doctor: «¿Y quién es mi prójimo?».

¿Preguntamos igual que aquél? Esa es la pregunta de quien quiere cumplir la ley, nada más que eso, y entonces necesita saber a quién debe amar y quién se queda afuera de los elegidos de su amor. ¿Somos selectivos a la hora de ayudar y de amar al prójimo? ¿Lo hacemos más allá de quién es el que nos necesita? ¿Al que no nos cae bien, lo socorremos? ¿Son interesados nuestros auxilios? ¿Es más fácil para nosotros ayudar a quién puede devolvernos el favor?

Sabemos que el desafío es grande y que fallamos en más de una ocasión, sin embargo no podemos dejar de intentarlo. Nuestro ser cristianos no puede ajustarse a lo que normas, leyes, preceptos y manuales de teología nos dicen. El cielo no se gana con la cabeza, sino con el corazón. Porque, así como dice el soneto: “Tú me mueves, Señor, muéveme el verte”; nos son entonces las normas o los preceptos los que tienen que movernos a socorrer al prójimo, sino la persona misma, el corazón el que debe movilizarnos en su auxilio.


Seguirlo, es tener libertad

Ser lilbres

Ciclo C – Domingo XIII Tiempo Ordinario

Lucas 9, 51-62
Cuando estaba por cumplirse el tiempo de su elevación al cielo, Jesús se encaminó decididamente hacia Jerusalén y envió mensajeros delante de Él. Ellos partieron y entraron en un pueblo de Samaría para prepararle alojamiento. Pero no lo recibieron porque se dirigía a Jerusalén. Cuando sus discípulos Santiago y Juan vieron esto, le dijeron: «Señor, ¿quieres que mandemos caer fuego del cielo para consumirlos? » Pero Él se dio vuelta y los reprendió. Y se fueron a otro pueblo.
Mientras iban caminando, alguien le dijo a Jesús: «¡Te seguiré adonde vayas! » Jesús le respondió: «Los zorros tienen sus cuevas y las aves del cielo sus nidos, pero el Hijo del hombre no tiene dónde reclinar la cabeza». Y dijo a otro: «Sígueme». Él respondió: «Señor, permíteme que vaya primero a enterrar a mi padre». Pero Jesús le respondió: «Deja que los muertos entierren a sus muertos; tú ve a anunciar el Reino de Dios». Otro le dijo: «Te seguiré, Señor, pero permíteme antes despedirme de los míos». Jesús le respondió: «El que ha puesto la mano en el arado y mira hacia atrás, no sirve para el Reino de Dios».
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Te deseo, además, que tengas dinero,
porque es necesario ser práctico,
Y que por lo menos una vez por año
pongas algo de ese dinero
frente a ti y digas: “Esto es mío”
sólo para que quede claro
quién es el dueño de quién.

Estos son unos versos de un poema de Victor Hugo, titulado “Un deseo”. Y creo que no nos deja indiferentes. Pero lo cito, no por hablar de lo bueno o malo que puede ser el dinero, sino porque creo que nos puede llevar el pensamiento a lo que entiendo que es  central en el mensaje del evangelio de este domingo.

Tenemos a Jesús reprendiendo a sus discípulos por querer quemar a los samaritanos. ¿Hemos caído en la cuenta de lo seguros que estaban aquellos hombres del poder que tenían? ¿Podríamos decir que tenían una fe que movía montañas y que hacía caer fuego de lo alto? Jesús no los trata de locos, sino que los reprende y, por consiguiente, les impide que hagan lo que habían pensado. En fin, los de aquél pueblo se salvaron. Y por último tenemos tres escenas que tienen un punto en común: El seguimiento de Cristo.

Si ponemos los ojos en aquellos tres que interactúan con Jesús al plantearles el seguimiento al Maestro, vemos que hay preocupaciones que están antes de dar un sí definitivo. Bien podríamos pensar que son muy comprensibles las excusas que dan. Si alguien tiene que enterrar a tu padre o despedirse de los suyos, es lógico que se le dé tiempo para ello. Sin embargo vemos que Cristo exige más. Parece casi inhumano. Pero creo que lo que se dice va mucho más allá de lo narrado. Tal vez la pregunta debería ser: ¿Qué condiciones le ponemos a Dios para hacer su voluntad o seguir sus pasos?

En este punto creo que debemos despegar nuestro razonamiento (si es que va hacia ese lado) y no quedarnos sólo creyendo que nos estamos refiriendo al seguimiento de Jesús bajo una vocación de consagración religiosa especial. Para nada podemos quedarnos con que esto es para los curas, las monjas, los seminaristas y las novicias. Hasta donde sabemos, una de las cosas que nos pide el Señor es amar al prójimo, incluso al enemigo, y la petición se hace para cualquiera de nosotros. Casi igual que si nos dijera que lo sigamos.

Ama a tu hermano que te hace la vida imposible, nos pide. Que es lo mismo que decir, sígueme. Porque nos está diciendo que amemos como ama él. Y nosotros le podemos responder: Bueno, cuando mi hermano se arrepienta y me pida perdón y haga algo para que yo vea que ha cambiado, entonces lo voy a amar y perdonar. ¿No estamos así en el mismo caso del evangelio?

No te que quedes ahí sentado y ayuda a tu esposa, o a tu esposo, o a tus hermanos, o al vecino. Y nosotros podemos responderle: —Espera un poco que descanse yo primero, que vea un poco de televisión y me relaje, porque trabajo todo el día. Después le ayudaré en todo. ¿Volvemos a lo del evangelio?

Sé que pueden sonar exagerados estos ejemplos, pero no por eso menos ciertos. Y no es que seamos malas personas, o que no creamos en Dios, pero seguir a Cristo, por eso nos llamamos cristianos, implica saber descubrir y amar nuestra mayor pasión: A Dios y lo que él es, el amor.

Al principio les traía  unos versos de Victor Hugo, que nos recuerdan, en primer lugar, que no debería ser el dinero el que manda, sino nosotros. Y ahí es donde veo una cierta analogía con el mensaje del evangelio. Es que a veces, el dinero, o la falta de él, son los que nos dominan y vivimos, o estamos en un sinvivir, porque él marca todo lo que es nuestra existencia. Y claro que tiene su importancia el dinero, el mundo se mueve en base a él, pero nuestra vida y las opciones que hacemos deberían ser mucho más grandes, donde nosotros seamos los que mandamos. Y cuando decimos dinero, podemos pensar en muchos o cualquiera de nuestros tesoros personales.

¿Acaso son nuestros propios intereses, nuestras pasiones, o nuestros tesoros los que mandan en nuestra vida? Si sólo priorizamos nuestra comodidad, claro que se nos hará cuesta arriba ayudar a los que tenemos a nuestro alrededor. Si el ego y el orgullo son parte de nuestra riqueza interior, se hará casi imposible perdonar a quien nos ha ofendido, o darle una segunda oportunidad a quien nos ha decepcionado, traicionado o engañado.

Ese es nuestro dinero, nuestra comodidad, nuestro egoísmo, nuestro orgullo, los muertos que nos retienen, el poder que pensamos que tenemos como para mandar fuego del cielo y destruir a quien nos ha rechazado, lo que al final termina gobernando nuestras vidas. Y Jesús, en el evangelio, nos ofrece algo totalmente distinto: Que seamos libres, dueños de nuestra vida, de nuestras pasiones y nuestros amores. Y que nos volvamos capaces de seguirlo, es decir de amar, porque somos capaces de soltar lo que nos retiene y no nos deja ser como él.

¿Qué tan libre somos? Sin duda, seguir a Cristo nos hace verdaderamente libres.

Experiencia de Dios

Jesuscristo

Ciclo C – Domingo XII Tiempo Ordinario

Lucas 9, 18-24
Un día en que Jesús oraba a solas y sus discípulos estaban con Él, les preguntó: «¿Quién dice la gente que soy Yo? » Ellos le respondieron: «Unos dicen que eres Juan el Bautista; otros, Ellas; y otros, alguno de los antiguos profetas que ha resucitado». «Pero ustedes, les preguntó, ¿quién dicen que soy Yo? » Pedro, tomando la palabra, respondió: «Tú eres el Mesías de Dios». Y Él les ordenó terminantemente que no lo anunciaran a nadie, diciéndoles: «El Hijo del hombre debe sufrir mucho, ser rechazado por los ancianos, los sumos sacerdotes y los escribas, ser condenado a muerte y resucitar al tercer día».
Después dijo a todos: «El que quiera seguirme, que renuncie a sí mismo, que cargue con su cruz cada día y me siga. Porque el que quiera salvar su vida, la perderá; y el que pierda su vida por mí, la salvará».
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Creemos entender quién es el Mesías. Incluso decimos que somos capaces de definirlo teológicamente, pero a veces tengo la impresión de que todavía nos parecemos a aquellos apóstoles. La respuesta ante la pregunta de Jesús, me parece que sigue sin ser precisa, en muchos casos.

Si bien Pedro es el iluminado en responder, nos surge un cuestionamiento: ¿Por qué Jesús les prohibe decirlo abiertamente?

Para aquellos hombres, hijos de su tiempo y circunstancias, el Mesías tenía que ver con el que venía a liberar al pueblo. Una liberación política, religiosa y económica. Y, tal vez por esta razón Jesús les prohibe que hablen del tema, para que no anuncien un mesías equivocado. Y es que, para nada podemos pensar que aquellas personas, al decir Mesías, tenían el mismo concepto que hoy podemos afirmar. Por eso mismo, cuando muere Jesús en la cruz, hasta la experiencia de la resurrección, todo parecía un fracaso. Ningún pueblo había sido liberado y el que parecía traer la liberación, estaba muerto. Luego sí, con Jesús resucitado, hay una comprensión mayor de quién verdaderamente el Nazareno.

Esta pregunta también es para nosotros. Y para nada podemos pensar en que hay que repetir una definición hecha, o ir corriendo al catecismo a ver qué encontramos. Y claro que podríamos dar una respuesta simple y clara, sin equivocaciones, pero sólo sabremos que es correcto lo que afirmamos cuando de verdad hayamos hecho la experiencia de los apóstoles. Y eso significa haber experimentado la Pascua, es decir, a Jesús resucitado. Cuestión que se da, o debería darse, interiormente en cada cristiano. Porque es eso lo que transforma la vida y lo que nos hace pensar que es posible el “niégate a ti mismo, toma tu cruz y sígueme”. Porque cuando vivenciamos a Dios realmente, no hay otro interés que poder llegar, alcanzar, la Vida plena, como la de Jesús, a quién no le importó entregar su vida, porque lo hizo convencido del Amor del Padre y al prójimo.

Hacer la experiencia del encuentro con Jesús resucitado nos lleva a olvidarnos de nosotros mismos, para poder entregar la vida por otros. Y eso se vive, o se puede vivir, en el día a día, cuando buscamos el bien del que tenemos a nuestro lado, cuando somos capaces de perdonar, incluso a nuestros enemigos o al que nos hace daño, cuando no se busca el propio interés, sino el de todos o el que nos lleva mejor hacia Dios.

¿Quién es Jesús para nosotros? ¿Sólo es aquél a quien recurrimos cuando tenemos una necesidad? ¿Acaso es el que le da sentido a mi vida y, por tanto, no me importa dejar lo que sea, con tal de no perder ese norte divino?

Encontrarte

Encontrar a Dios

Ciclo C – Domingo XI Tiempo Ordinario

Lucas 7, 36-8, 3
Un fariseo invitó a Jesús a comer con él. Jesús entró en la casa y se sentó a la mesa. Entonces una mujer pecadora que vivía en la ciudad, al enterarse de que Jesús estaba comiendo en casa del fariseo, se presentó con un frasco de perfume. Y colocándose detrás de Él, se puso a llorar a sus pies y comenzó a bañarlos con sus lágrimas; los secaba con sus cabellos, los cubría de besos y los ungía con perfume.
Al ver esto, el fariseo que lo había invitado pensó: «Si este hombre fuera profeta, sabría quién es la mujer que lo toca y lo que ella es: ¡una pecadora! » Pero Jesús le dijo: «Simón, tengo algo que decirte». «Di, Maestro», respondió él.
«Un prestamista tenía dos deudores: uno le debía quinientos denarios, el otro cincuenta. Como no tenían con qué pagar, perdonó a ambos la deuda. ¿Cuál de los dos lo amará más?» Simón contestó: «Pienso que aquél a quien perdonó más». Jesús le dijo: «Has juzgado bien».
Y volviéndose hacia la mujer, dijo a Simón: «¿Ves a esta mujer? Entré en tu casa y tú no derramaste agua sobre mis pies; en cambio, ella los bañó con sus lágrimas y los secó con sus cabellos. Tú no me besaste; ella, en cambio, desde que entró, no cesó de besar mis pies. Tú no ungiste mi cabeza; ella derramó perfume sobre mis pies. Por eso te digo que sus pecados, sus numerosos pecados, le han sido perdonados. Por eso demuestra mucho amor. Pero aquél a quien se le perdona poco, demuestra poco amor». Después dijo a la mujer: «Tus pecados te son perdonados».
Los invitados pensaron: «¿Quién es este hombre, que llega hasta perdonar los pecados? » Pero Jesús dijo a la mujer: «Tu fe te ha salvado, vete en paz».
Después, Jesús recorría las ciudades y los pueblos, predicando y anunciando la Buena Noticia del Reino de Dios. Lo acompañaban los Doce y también algunas mujeres que habían sido sanadas de malos espíritus y enfermedades: María, llamada Magdalena, de la que habían salido siete demonios; Juana, esposa de Cusa, intendente de Herodes, Susana y muchas otras, que los ayudaban con sus bienes.
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Si no das conmigo al principio, no te desanimes.
Si no me encuentras en un lugar, busca en otro.
En algún sitio te estaré esperando.

Estos versos son de Walt Whitman, poeta estadounidense que, con su pensamiento y rimas abrió caminos nuevos en la literatura. Él mismo se definió como: “Soy poeta del Cuerpo y soy poeta del Alma” y así lo aceptó y lo celebró el público. Su obra más grande es “Hojas de hierba” (Leaves of Grass). Y seguramente no escribió aquellos versos pensando en el evangelio de este domingo, pero intuyo que nos puede ayudar a pensar en lo que nos cuenta Lucas.

Tenemos a Jesús en diálogo con Simón, el fariseo, con un tema central: Aquella mujer que enjugaba con sus lagrimas los pies de Cristo, y los secaba con sus cabellos. Ella es “la pecadora”, según el pensar de los dueños de casa, pero para Jesús es alguien que demuestra amor. Y concluimos, para no perder la esencia: Al que mucho ama, mucho se le perdona.

Bien podemos empezar nuestra reflexión manifestando nuestro desacuerdo con la forma que tenía aquél fariseo, y sus invitados, de mirar y catalogar a aquella pobre mujer. Y al mismo tiempo sumarnos a la aceptación y perdón que recibe la que ni siquiera habla, de parte de Jesús. Con lo cual, podríamos concluir con un par de preguntas personales: ¿Cómo tratamos a las demás personas? ¿Etiquetamos o encasillamos a otros según el juicio que hacemos de ellos? Tal vez eso surge cuando se nos hacen familiares algunas expresiones como: “Es que ese es así”, “ya no va a cambiar”, “ya no espero nada de aquél, o de aquella”.

Y aquí es cuando, creo entender, estamos más lejos de Cristo y más cerca del fariseo. Jesús no le pregunta si es verdad que es una pecadora, tampoco la rechaza por el prejuicio que los otros tienen; probablemente por no tener ningún prejuicio. No la reprende ni la condiciona para ofrecerle el amor y el perdón de Dios. ¿Cuál es la brecha entre Cristo y Simón y nosotros? Me parece que es la mirada que tiene el Hijo de Dios, muy distinta a la nuestra. Él mira a la persona, no a sus actos, que pueden se malos o erróneos. Cristo se queda con ella, no con sus faltas. Y así es como ama Dios.

Nuestra manera de ver y de juzgar a las personas tiene más que ver con: “Premio a los buenos y castigo a los malos”. Y es lo que también hemos puesto en el modo de actuar de Dios. Pero, aunque nos cueste aceptarlo, Él ama también a los malos. Y eso nos puede parecer injusto, pero es así. Será por eso que Dios es Dios y nosotros somos nosotros.

Sin embargo, creo que se puede llegar tener la misma actitud y forma de vivir y de tratar a las personas que tiene Jesús. Pero para ello habrá que hacer la experiencia de aquella mujer. Buscar el momento y la forma de acercarnos a Dios y, reconociendo lo que somos (porque no somos perfectos y tenemos más de un pecado en nuestro haber), pedir perdón. Y sin perder de vista esto, perdonar y aceptar a los demás.

Antes citaba a Walt Whitman, con aquellos versos que nos pueden animar en esta búsqueda, para encontrar verdaderamente a Dios y en él ser restituidos y devueltos a la vida, como lo experimentó aquella mujer. Porque a ella no le habrá sido fácil encontrar el lugar y el momento para acercarse al Maestro, pero lo consiguió. Tal vez nosotros también podamos vivir, en carne propia, el dulce perdón del Señor.

Pensemos, mientras leemos estos versos, que es el mismo Dios quien nos dice:

Si no das conmigo al principio, no te desanimes.
Si no me encuentras en un lugar, busca en otro.
En algún sitio te estaré esperando.