Indiferencia

indiferencia

Ciclo C – Domingo XXVI Tiempo Ordinario

Lucas 16, 19-31
Jesús dijo a los fariseos: Había un hombre rico que se vestía de púrpura y lino finísimo y cada día hacía espléndidos banquetes. A su puerta, cubierto de llagas, yacía un pobre llamado Lázaro, que ansiaba saciarse con lo que caía de la mesa del rico; y hasta los perros iban a lamer sus llagas. El pobre murió y fue llevado por los ángeles al seno de Abraham. El rico también murió y fue sepultado. En la morada de los muertos, en medio de los tormentos, levantó los ojos y vio de lejos a Abraham, y a Lázaro junto a él. Entonces exclamó: «Padre Abraham, ten piedad de mí y envía a Lázaro para que moje la punta de su dedo en el agua y refresque mi lengua, porque estas llamas me atormentan». «Hijo mío, respondió Abraham, recuerda que has recibido tus bienes en vida y Lázaro, en cambio, recibió males; ahora él encuentra aquí su consuelo, y tú, el tormento. Además, entre ustedes y nosotros se abre un gran abismo. De manera que los que quieren pasar de aquí hasta allí no pueden hacerlo, y tampoco se puede pasar de allí hasta aquí». El rico contestó: «Te ruego entonces, padre, que envíes a Lázaro a la casa de mi padre, porque tengo cinco hermanos: que él los prevenga, no sea que ellos también caigan en este lugar de tormento». Abraham respondió: «Tienen a Moisés y a los Profetas; que los escuchen». «No, padre Abraham, insistió el rico. Pero si alguno de los muertos va a verlos, se arrepentirán». Pero Abraham respondió: «Si no escuchan a Moisés y a los Profetas, aunque resucite alguno de entre los muertos, tampoco se convencerán».
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“Repugnancia, piedad, indignación y horror eran emociones vedadas en la psicología del prisionero [del campo de concentración]”.

Esta es una de las conclusiones que Victor Frankl nos cuenta en “El hombre en busca de sentido”, tras el análisis y reflexión de lo sufrido en el campo de concentración de Auschwitz. Es lo que le sucedía a los prisioneros, en lo que él le llama: Segunda Fase, la de apatía.

El evangelio de hoy nos trae al rico y al pobre, en dos mundos que no se cruzan ni aún después de muertos los dos. Jesús nos presenta una historia que nos dice mucho más que una simple conclusión, donde los ricos difícilmente van al cielo y los pobres, prácticamente, por el hecho de se pobres, ya están salvados.

Una primera idea que podemos tener en cuenta es que aquél concepto que se tenía, donde los ricos, por la riqueza que poseían, habían sido bendecidos por Dios, Jesús lo tira por tierra. Ya vemos la suerte del que termina en el infierno. Pero al mismo tiempo no podemos concluir, ligeramente, que el tener riquezas implica dificultad para entra al cielo. Ni tampoco podemos pensar que esta es la mejor manera de consolar al pobre, diciéndole: «Ahora te toca sufrir, pero después vas a ser feliz con Dios». Porque a ninguno de nosotros nos gusta pasar necesidad ni hambre, por mucho cielo que nos prometan.

Lo siguiente será, entonces, pensar cuál es el punto central de este evangelio. Cosa que a mi entender está en la indiferencia del rico hacia el pobre. Eso es lo que al condenado a las llamas lo lleva a terminar de esa manera. No son sus riquezas las que lo mandan al infierno, sino el ser indiferente, apático, al pobre Lázaro que tiene a la puerta de su casa.

Aquí es donde yo retomo lo que nos cuenta Victor Frankl. Es que, salvando las distancias, o sin distancias, en ocasiones, sin saberlo, vivimos en una suerte de “segunda fase”, en la apatía o la indiferencia hacia la pobreza o necesidad de los demás. No me atrevo a decir que sentimos repugnancia, impiedad, indignación y horror por los pobres que vemos, pero sí que en más de una ocasión pasamos sin mirar y seguimos nuestro camino sin hacer caso al que nos pide. Entonces, ¿no nos parecemos un poco al rico del evangelio, aunque no seamos millonarios?

Y en esto, creo que es bueno ampliar las miras. En primer lugar, como venimos viendo, hablamos de los pobres de riqueza material, a los que no podemos dejar de ayudar. Hay que dar de comer al hambriento y vestir al desnudo. Pero también hay pobres de soledad, por ejemplo. Personas que viven abandonadas y olvidadas y que ni siquiera sus familiares le hacen caso. Y así podemos enumerar muchas de las pobrezas que ocurren muy cerca de nosotros, a las que no podemos dejar de responder. Porque si en algo la Iglesia, es decir nosotros los cristianos, nos queremos parecer a Jesús, tendrá que ser en ayudar a todo el que nos necesita. Desafío perenne de nuestro ser hijos de Dios.

Es la indiferencia la que condena, la que nos coloca a un abismo de distancia para poder llegar hasta Dios. Y lo que pasa cuando nos centramos en lo que poseemos, porque corremos el riesgo de volvernos ciegos a estas situaciones de dolor, y por tanto apáticos a la necesidad del que tenemos a nuestro lado, porque nos encontramos muy a gusto entre las cosas que nos prometen aparente felicidad sin fin.

Y es que es esa indiferencia la que a veces produce injusticia y desigualdad, y a nadie le duele, porque se termina ignorando.

Ilusiones

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Ciclo C – Domingo XXV Tiempo Ordinario

Lucas 16, 1-13
Jesús decía a los discípulos: Había un hombre rico que tenía un administrador, al cual acusaron de malgastar sus bienes. Lo llamó y le dijo: “¿Qué es lo que me han contado de ti? Dame cuenta de tu administración, porque ya no ocuparás “más ese puesto”. El administrador pensó entonces: “¿Qué voy a hacer ahora que mi señor me quita el cargo? ¿Cavar? No tengo fuerzas. ¿Pedir limosna? Me da vergüenza. ¡Ya sé lo que voy a hacer para que, al dejar el puesto, haya quienes me reciban en su casa!” Llamó uno por uno a los deudores de su señor y preguntó al primero: “¿Cuánto debes a mi señor?” “Veinte barriles de aceite”, le respondió. El administrador le dijo: “Toma tu recibo, siéntate en seguida, y anota diez”. Después preguntó a otro: “Y tú, ¿cuánto debes?” “Cuatrocientos quintales de trigo”, le respondió. El administrador le dijo: “Toma tu recibo y anota trescientos”. Y el señor alabó a este administrador deshonesto, por haber obrado tan hábilmente. Porque los hijos de este mundo son más astutos en su trato con los demás que los hijos de la luz.
Pero Yo les digo: Gánense amigos con el dinero de la injusticia, para que el día en que éste les falte, ellos los reciban en las moradas eternas. El que es fiel en lo poco, también es fiel en lo mucho, y el que es deshonesto en lo poco, también es deshonesto en lo mucho. Si ustedes no son fieles en el uso del dinero injusto, ¿quién les confiará el verdadero bien? Y si no son fieles con lo ajeno, ¿quién les confiará lo que les pertenece a ustedes? Ningún servidor puede servir a dos señores, porque aborrecerá a uno y amará al otro, o bien se interesará por el primero y menospreciará al segundo. No se puede servir a Dios y al Dinero.
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Pienso en todo ello y siento una especie de felicidad; luego comprendo que toda felicidad es ilusoria no estando tú a mi lado.

Este texto está extraído de una carta de Jorge Luis Borges a Estela Canto, el amor de su vida, según cuentan los que más saben de la vida de aquél escritor argentino. Entonces, lo que cito tiene sentido sólo si pensamos en el amor de los enamorados, y tal vez lo pierde para la reflexión del evangelio, sin embargo voy a insistir con estas líneas.

Hoy la palabra de Dios nos trae un mensaje muy actual. Vemos cómo Jesús alaba la astucia del administrador infiel, aunque no el modo de proceder o los beneficios que se autoprocuró. Y nos insta a ser sagaces, siendo hijos de la luz. Por último, tenemos el gran cuestionamiento: Servir a Dios o al dinero, aún sabiendo que, tanto en aquella época, como en la nuestra, este último sigue siendo necesario para poder vivir y moverse en este mundo. ¿Qué hacer entonces?

En estos temas, para abordarlos directamente, creo que nos ayudará mucho pensar, con sinceridad, qué nos quita el sueño. O mejor decirnos: ¿Cuántas noches nos pasamos desvelados, preocupados, pensando cómo hacer para amar más a Dios, para ser más de él, y amar a nuestros hermanos? Tal vez la pregunta que sigue debería ser: ¿Nos ha pasado eso alguna vez?

Claro que el dinero siempre estuvo y está en nuestras vidas. Es necesario para poder vivir en este mundo y, por muy espirituales que nos pongamos, no podemos negar que para comer, o recibir atención médica, por ejemplo, hace falta tener los medios que lo posibiliten. Habrá quienes sobrevivan o intenten hacerlo sin pagar nada, pero el resto de los mortales lo precisamos. Entonces, llegados a este punto, habrá que seguir siendo sinceros y examinarnos, diciendo: ¿Quién manda, quién rige nuestras vidas? ¿El dinero o Dios? Es que, en ocasiones, casi sin darnos cuenta ponemos nuestra confianza más en lo material, y no tanto el Señor, como decimos que debemos hacer.

Vamos a ponernos en el lado mejor, en el más positivo y cristiano, pensando que nuestra opción es por Dios, que a él lo queremos y que somos capaces de dejar lo que sea, con tal de no poderlo. Por lo tanto, como administradores fieles que procuramos ser, debemos hacer nuestros cálculos. Y si nos interesa más lo que llamamos la vida con Dios, habrá que calcular qué “negocios” son necesarios, con tal de ganar aquello que más deseamos. O ver qué es lo que hay que evitar, con tal de no perder a Dios.

Aquí no se trata de ponernos a pensar si con los pocos billetes, o los millones que tenemos, calificamos para afirmar que elegimos a Dios o al dinero, porque no es un tema de cantidades, sino de opción del corazón. Aunque esa opción debe traducirse en hechos concretos, que den cuenta de que elegimos al Señor del Cielo.

Antes citaba aquellas líneas de la carta de Borges, porque si bien hoy no hablamos de misivas de enamorados, tal vez pudiera pasarnos lo mismo, si nuestra opción es Dios. Entonces podríamos concluir parafraseando a Jorge Luis, diciendo: Pienso en todo ello y siento una especie de felicidad, aquello que sé que el dinero o la riqueza me pueden proporcionar; luego comprendo que toda felicidad es ilusoria no estando tú a mi lado, Señor.

Así es como, aunque nos veamos seducidos por el dios dinero y la ambición, no perdemos el norte y sabemos que nuestro corazón está vivo cuando está con Dios. Esa es la opción que hacemos, o que tal vez es tiempo de hacer.

Finalmente, creo que en el día a día, si optamos por el ser humano, por el bien del que tenemos a nuestro lado, por dar de comer al hambriento, por vestir al desnudo, por abrazar al desconsolado o por escuchar al que no tiene con quién hablar, estamos optando por Dios y esa será nuestra mayor felicidad.

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Para los que les gusta leer cartas…

“A pesar de dos noches y de un minucioso día sin verte (casi lloré al doblar ayer por el Parque Lezama) te escribo con alguna alegría. Le avisé a tu mamá que tengo admirables noticias; para mí lo son y espero que lo sean para ti. El lunes hablaremos y tú dirás. Pienso en todo ello y siento una especie de felicidad; luego comprendo que toda felicidad es ilusoria no estando tú a mi lado. Querida Estela: hasta el día de hoy he engendrado fantasmas; unos, mis cuentos, quizá me han ayudado a vivir; otros, mis obsesiones, me han dado muerte. A éstas las venceré, si me ayudas. Mi tono enfático te hará sonreír; pienso que lucho por mi honor, por mi vida y (lo que es más) por el amor de Estela Canto. Tuyo con el fervor de siempre y con una asombrada valentía, Georgie”.
Jorge Luis Borges, 1945.

Amor de Dios

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Ciclo C – Domingo XXIV Tiempo Ordinario

Lucas 15, 1-32
Todos los publicanos y pecadores se acercaban a Jesús para escucharlo. Pero los fariseos y los escribas murmuraban, diciendo: «Este hombre recibe a los pecadores y come con ellos». Jesús les dijo entonces esta parábola: «Si alguien tiene cien ovejas y pierde una, ¿no deja acaso las noventa y nueve en el campo y va a buscar la que se había perdido, hasta encontrarla? Y cuando la encuentra, la carga sobre sus hombros, lleno de alegría, y al llegar a su casa llama a sus amigos y vecinos, y les dice: “Alégrense conmigo, porque encontré la oveja que se me había perdido”. Les aseguro que, de la misma manera, habrá más alegría en el cielo por un solo pecador que se convierta, que por noventa y nueve justos que no necesitan convertirse».
»» Continuar leyendo el Evangelio
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De los medios de comunicación
en este mundo tan codificado
con internet y otras navegaciones
yo sigo prefiriendo
el viejo beso artesanal
que desde siempre comunica tanto.

Estos son unos versos de Mario Benedetti, de su libro “A título de inventario”, que reúne sus poesías entre 1950 y 2001. Y claro que puede, o está, muy lejos de lo que Jesús nos cuenta en el evangelio, pero me parece bastante gráfico, al menos para intentar comprender lo que entiendo como punto central del mensaje que nos transmite.

Es un texto bastante extenso el de este domingo. Los liturgistas bien podrían habernos repartido estos versículos, al menos en dos partes. Pero como lo tenemos todo junto, tal vez lo mejor sea comenzar por la segunda mitad, para darle un sentido más profundo a lo que llamo la primera parte: El hijo pródigo, y luego la moneda y la oveja perdidas y encontradas.

Se ha hablado y escrito mucho acerca de este pasaje bíblico. Incluso tenemos una pintura preciosa de mediados del siglo XVII: “El retorno del hijo pródigo”, obra del pintor holandés Rembrandt. Y estoy convencido de que hemos sacado muy buenas conclusiones acerca del mensaje que nos quiere transmitir Jesús. Por ejemplo, nos hemos puesto en el lugar de los hijos que se alejan del padre, es decir de Dios, pero que felizmente vuelven. Aunque en ocasiones también somos hijos que nos quedamos junto al Señor, y por lo tanto nos sentimos dueños, no sólo de sus bienes sino de lo que llamamos su justicia. Pero principalmente hablamos de perdón y misericordia, cuando pensamos en esta parábola.

Pero ¿qué es el perdón y la misericordia? ¿Lo hemos entendido realmente? Algunos podrán decir que sí, otros a lo mejor todavía estamos debatiendo internamente su alcance y profundidad. Más cuando nos toca de cerca tener que ejercer lo que el Padre hace con su hijo: Perdonar.

Tal vez, en ocasiones nos cuesta perdonar, porque fácil y rápidamente mezclamos el perdón con lo que nosotros entendemos por justicia. Y en esto Dios nos lleva ventaja. Él no mide como nosotros creemos o deseamos que mida. Entonces, por supuesto, se nos hace bastante complicado ser misericordiosos, porque el que pide nuestro perdón probablemente no cubre las exigencias de nuestra justicia. De hecho, en el texto no vemos que el Padre le ponga condiciones al hijo que vuelve, para aceptarlo de nuevo en casa. ¿Haríamos lo mismo?

Dios es amor, es misericordia, es perdón, eso es lo que sabemos, pero no sé si lo comprendemos del todo. En ocasiones, queremos parecernos al Señor en esto que define su ser: Amar, pero terminamos haciendo un acto de voluntad, más que un acto de amor, y esto no es simplemente poner buena voluntad, sino hacer vida el perdón y la misericordia.

Si volvemos a los versos de Benedetti, vemos que él se queda con lo que llama “el beso artesanal”, porque siempre ha comunicado mucho, o más deberíamos decir todo. Y ese tipo de beso, el más auténtico y original, es directo, claro, simple, se da o no se da, se siente o nos quedamos huérfanos de él. Y es lo que, podríamos decir, se parece al modo de amar de Dios. Él te ama como lo refleja el padre de la parábola, de una forma clara, directa, simple, con profundidad, de un modo sincero, es verdadero y te comunica y te lo da todo, sin mezquindades, como “el beso artesanal”.  Y alguno pensará en el beso de judas, que también dice mucho, pero ese beso es de Judas, es decir, más propio del ser humano, no de Dios.

Entonces sí, una vez que entendemos qué y cómo es ese amor de Dios, al cual aspiramos, probablemente entenderemos más y mejor aquello de la oveja y la moneda perdidas, que se buscan hasta que se logra recuperar. El Señor lo que quiere es tenernos con él, por eso nos busca, porque nos ama. Por eso nos espera, porque nos quiere en su casa, sin importarle en qué hayamos malgastados nuestros bienes.

Finalmente diría: Cuando comprendemos verdaderamente lo que es el amor de Dios, no vamos a querer marchar más de su lado, en busca de otros amores que prometen, pero que no llegan a dar lo prometido.

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Ciclo C – Domingo XXIII Tiempo Ordinario

Lucas 14, 25-33
Junto con Jesús iba un gran gentío, y Él, dándose vuelta, les dijo: Cualquiera que venga a mí y no me ame más que a su padre ya su madre, a su mujer ya sus hijos, a sus hermanos y hermanas, y hasta a su propia vida, no puede ser mi discípulo. El que no carga con su cruz y me sigue, no puede ser mi discípulo.
¿Quién de ustedes, si quiere edificar una torre, no se sienta primero a calcular los gastos, para ver si tiene con qué terminarla? No sea que una vez puestos los cimientos, no pueda acabar y todos los que lo vean se rían de él, diciendo: “Este comenzó a edificar y no pudo terminar”. ¿Y qué rey, cuando sale en campaña contra otro, no se sienta antes a considerar si con diez mil hombres puede enfrentar al que viene contra él con veinte mil? Por el contrario, mientras: el otro rey está todavía lejos, envía una embajada para negociar la paz.
De la misma manera, cualquiera de ustedes que no renuncie a todo lo que posee, no puede ser mi discípulo.
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“Han descubierto el único tesoro; han encontrado al otro”.

Este es un verso de “Inferno”, un poema de Jorge Luis Borges, de su obra “La cifra”. Nos cuenta acerca de dos enamorados que se encuentran, que se descubren. Y a nosotros nos podría servir para pensar, por ejemplo, en ese momento único, cuando hallamos a una persona y nos parece distinta al resto, tal vez por los valores que tiene, o también porque nos enamoramos de alguien, como en la historia de la poesía. Ese otro pasa a ser único. Pero creo que hay más en esta frase, o al menos así me gusta pensarlo, especialmente para que nos ayude en la reflexión de este domingo.

Tenemos a Jesús que nos plantea lo que, en un primer momento, podríamos llamar radicalidad en el seguimiento. Y podríamos pensar que es casi “inhumano” y “egoísta”, porque llega a decirnos que tenemos que amarlo más que a nuestra propia familia. Dicho así, a nadie le cae muy bien, o al menos resulta un poco incomprensible lo que afirma en el evangelio. Después está también lo de cargar la cruz y renunciar a los bienes que, en comparación con la primera exigencia, estos últimos pueden parecer hasta más fáciles.

Si hablamos de amar más a Jesús que a nuestra familia, creo que es conveniente entenderlo como una superación y profundización en el amor. Si sabemos bien lo que es amar a Dios, eso nos llevará a amar más y mejor a los nuestros. De hecho sería contradictorio decir que amamos por completo al Señor y no amamos a nuestros seres queridos. Entonces me atrevo a decir que el amor de Dios es inclusivo, y en ese amor cabe el amor a los que tenemos a nuestro lado, como también cabe el amor a nuestros enemigos, como nos pide Jesús, pero esto último es tema de otra charla.

Cuando decimos “cargar con la cruz”, no podemos menos que pensar en el mismo Cristo, que literalmente llevó su cruz y fue crucificado. En nuestro caso, que normalmente no somos colgados de un madero, bien podemos imitar al Hijo de Dios cargando con nuestras dificultades, problemas y contratiempos, dándoles un sentido: Por amor a Dios y al prójimo. Es que para ser discípulo del Maestro tenemos que aprender a seguir sus pasos. Podríamos hacernos la siguiente pregunta: ¿Qué estamos dispuestos a soportar, con tal de mantenernos junto a Dios?  Tenemos que aprender a superar todo aquello que nos impida seguir eligiendo a Dios y a su amor

Y si hablamos de “renunciar a los bienes”, tal vez la clave está en aprender a no volvernos dependientes de lo que poseemos. A veces no nos damos cuenta, pero parece que “si nos quitan algo” la vida ya no es vida. Hay que aprender, por tanto, a ser desprendidos, que es lo que Jesús nos está pidiendo. Por consiguiente, acabaremos siendo más generoso. El egoísmo junto con la acumulación, que es donde tal vez encontramos nuestra seguridad, no deja espacio al Señor. Ya bastante satisfechos nos podemos ver así, y por lo tanto no necesitar ni de Dios.

Al principio cité aquel verso de Borges y nos puede valer para aplicarlo a Jesús. Podríamos decir: «Hemos descubierto el único tesoro, hemos encontrado al Otro», reemplazando ese “otro”, por Otro, con mayúsculas, porque es Dios. Es que cuando verdaderamente descubrimos y encontramos al Señor, no podemos menos que amarlo con profundidad, sabiendo que tenemos un tesoro único. Y al ser conscientes de que somos de Dios y para Dios, seguramente seremos capaces de hacer lo que sea, con tal de no perder lo que hemos hallado. No habrá cruz ni egoísmo ninguno que nos impida amar al Señor y a nuestros hermanos, porque ahí estará la única razón de nuestra existencia.

A quien quiera saborear el poema de Borges…

Inferno, V, 129

Dejan caer el libro, porque ya saben
que son las personas del libro.
(Lo serán de otro, el máximo,
pero eso qué puede importarles.)
Ahora son Paolo y Francesca,
no dos amigos que comparten
el sabor de una fábula.
Se miran con incrédula maravilla.
Las manos no se tocan.
Han descubierto el único tesoro;
han encontrado al otro.
No traicionan a Malatesta,
porque la traición requiere un tercero
y sólo existen ellos dos en el mundo.
Son Paolo y Francesca
y también la reina y su amante
y todos los amantes que han sido
desde aquel Adán y su Eva
en el pasto del Paraíso.
Un libro, un sueño les revela
que son formas de un sueño que fue soñado
en tierras de Bretaña.
Otro libro hará que los hombres,
sueños también, los sueñen.

Jorge Luis Borges, de “La Cifra”

Cambio de actitud

Pedir

Ciclo C – Domingo XVIII Tiempo Ordinario

Lucas 12, 13-21
Uno de la multitud dijo al Señor: «Maestro, dile a mi hermano que comparta conmigo la herencia». Jesús le respondió: «Amigo, ¿quién me ha constituido juez o árbitro entre ustedes?» Después les dijo: «Cuídense de toda avaricia, porque aun en medio de la abundancia, la vida de un hombre no está asegurada por sus riquezas». Les dijo entonces una parábola: «Había un hombre rico, cuyas tierras habían producido mucho, y se preguntaba a sí mismo: “¿Qué voy a hacer? No tengo dónde guardar mi cosecha”. Después pensó: “Voy a hacer esto: demoleré mis graneros, construiré otros más grandes y amontonaré allí todo mi trigo y mis bienes, y diré a mi alma: Alma mía, tienes bienes almacenados para muchos años; descansa, come, bebe y date buena vida”. Pero Dios le dijo: “Insensato, esta misma noche vas a morir. ¿Y para quién será lo que has amontonado?” Esto es lo que sucede al que acumula riquezas para sí, y no es rico a los ojos de Dios».
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“Si no podemos cambiar la situación, siempre tenemos la libertad última de cambiar nuestra actitud ante esa situación”.

Esta es una frase de Victor Frankl, aquél neurólogo y psiquiatra austriaco, fundador de la logoterapia, que sobrevivió en varios campos de concentración nazis, incluidos Auschwitz y Dachau. Su obra más conocida es “El hombre en busca de sentido”.

El evangelio nos cuenta acerca de Jesús que no quiere ser juez entre dos hermanos que tienen problemas por la herencia recibida y luego vemos la parábola de aquél hombre, avaricioso, que acumula y pone toda su confianza y seguridad en las riquezas que ha juntado. Y lo curioso de este texto es que es tan actual como antiguo y cierto. Conflictos, peleas y discordias por herencias las hay muchísimas y que haya personas que sólo se sienten seguros a raíz de sus bienes, es también muy de nuestro tiempo.

Creo que una de las cosas que queda de manifiesto es que no se condena la riqueza en sí misma, ni el hecho de tenerlas, pero sí a la fiebre de acumular por acumular. Tal vez por eso, tanto san Pablo en la segunda lectura, como Jesús en el evangelio dicen que el peligro está en la avaricia, que es el afán de poseer riquezas por el placer de poseerlas. No podemos pensar que “los ricos” están casi condenados por lo que han atesorado, o que creer que quedándonos como un “pobre de solemnidad” ya nos acredita para entrar el cielo. Es que en esto, ya sabemos, no son los bienes que tenemos los que inclinan la balanza, sino nuestra actitud ante los mismos.

Hay una frase de la madre Teresa de Calcuta que dice: «La pobreza no la hizo Dios, la hacemos tú y yo cuando no compartimos lo que tenemos». Y esta puede ser también la luz que nos ilumine en la reflexión. Es que el no-compartir nos lleva lejos de Jesús, nos encierra en nosotros mismos y sólo existe el ego. Esto sí creo que Dios no lo ve con buenos ojos, entonces cabe preguntarnos: ¿Qué tan generosos somos? ¿Compartimos de corazón o sólo para “cumplir el expediente”?

Por otro lado, aunque no se menciona de forma explicita, tal vez sea bueno poner la mirada en lo que no son bienes materiales, pero que también pueden ser nuestros tesoros. Los conocemos más como méritos. Eso que decimos que tenemos o hacemos para entra al cielo. Ojalá no se nos pase por la cabeza, menos por el corazón, el pensar que ganamos galones o medallas, y que las acumulamos para luego presentarlas y decir que tenemos derecho al paraíso. Tal vez se ponga en evidencia qué pensamos acerca de este tema si nos preguntamos: ¿Creemos que “por justicia” nos tienen que dar el pase al cielo, porque somos buenos y cumplidores de los preceptos de Dios? O ¿Acaso creemos que es injusto que alguien vaya el cielo si toda su vida fue un “golfo”, un “granuja”, un “desgraciado”, sólo porque se arrepintió al final? Es decir, no tienen los méritos que hay que tener.

Aquí no valen las especulaciones, y a nosotros no nos toca juzgar y decidir quién puede y quién no puede salvarse. Sí está clarísimo que hay que amar a Dios y a las personas, por el sólo hecho de amarlas, y ayudar a los demás por las personas mismas, por amor a ellas y por amor a Dios. Todo aunque no hubiera cielo. Si somos buenos y hacemos todo aquello que entendemos que Dios nos pide, lo hacemos por estar convencidos del amor de Dios, no por el cielo prometido. Si luego el Señor nos quiere a su lado, ¡aleluya!

Antes citaba a Victor Frankl, que nos hablaba de cambiar nuestra actitud antes las situaciones que no pueden cambiar. Y es que no está en cambiar la situación a mayor o menor riqueza personal, entre otras cosas porque es difícil establecer un límite de enriquecimiento, pero sí es posible ver, revisar y cambiar, si hace falta, nuestra actitud ante esos tesoros o bienes que decimos tener. Estamos llamados para algo más que para acumular riqueza. Nuestras seguridades no pueden sostenerse sólo por lo que podemos contar en billetes, bienes y propiedades.

Tal vez nos sirva recordar lo que el Papa Francisco dijo: “Nunca vi un camión de mudanza detrás de un cortejo fúnebre”. Y tiene razón. Nadie se lleva nada cuando se muda al “otro barrio”.

Hasta donde la oración nos lleve

Hasta donde la oración me lleve

Ciclo C – Domingo XVII Tiempo Ordinario

Lucas 11, 1-13
Un día, Jesús estaba orando en cierto lugar, y cuando terminó, uno de sus discípulos le dijo: «Señor, enséñanos a orar, así como Juan enseñó a sus discípulos». Él les dijo entonces: «Cuando oren, digan:  Padre, santificado sea tu Nombre, que venga tu Reino, danos cada día nuestro pan cotidiano; perdona nuestros pecados, porque también nosotros perdonamos a aquéllos que nos ofenden; y no nos dejes caer en la tentación».
Jesús agregó: «Supongamos que alguno de ustedes tiene un amigo y recurre a él a medianoche, para decirle: “Amigo, préstame tres panes, porque uno de mis amigos llegó de viaje y no tengo nada que ofrecerle”, y desde adentro él le responde: “No me fastidies; ahora la puerta está cerrada, y mis hijos y yo estamos acostados. No puedo levantarme para dártelos”. Yo les aseguro que aunque él no se levante para dárselos por ser su amigo, se levantará al menos a causa de su insistencia y le dará todo lo necesario.
También les aseguro: pidan y se les dará, busquen y encontrarán, llamen y se les abrirá. Porque el que pide, recibe; el que busca, encuentra; y al que llama, se le abrirá. ¿Hay entre ustedes algún padre que da a su hijo una serpiente cuando le pide un pescado? ¿Y si le pide un huevo, le dará un escorpión? Si ustedes, que son malos, saben dar cosas buenas a sus hijos, ¡cuánto más el Padre del cielo dará el Espíritu Santo a aquéllos que se lo pidan! »
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Para centrar la atención en qué nos dice el evangelio este fin de semana, me parece oportuno citar una película alemana, titulada “Hasta donde los pies me lleven”. El protagonista que dice no creer en Dios, sin embargo tiene actitudes y valores en su vida que podrían ser los del más ferviente cristiano. Incluso llega a rezar el Padrenuestro, mientras huye del campo de concentración en Siberia, donde fue enviado con una condena de 25 años de trabajos forzados, después de II Guerra Mundial. El film está basado en hechos reales.

Tenemos a Jesús que enseña, a petición de sus discípulos, cómo deben orar. Y nos encontramos con el Padrenuestro. Es la oración más conocida de la historia, me atrevo a decir, y nosotros cristianos, podríamos estar muy orgullosos de ello. Sin embargo siempre me asalta una duda: ¿Hasta qué punto estamos convencidos de lo que rezamos o repetimos?

Por supuesto que cada uno, podríamos decir, reza a su manera. Seguramente el Padrenuestro es y puede ser paradigma de oración, pero tenemos que encontrar nuestro mejor modo de acercarnos y estar con Dios. Porque para eso es la oración, para tener y expandir un espacio interior de convivencia con Dios mismo. De nada sirven las “fórmulas mágicas” de oración, ni los patrones establecidos arbitrariamente. Decir que todo el mundo tiene que hacer la Coronilla de la Misericordia, para estar a bien con Dios, no es cierto. A algunos les ayudará muchísimo, a otros simplemente no les resultará muy bien. En este tema también hay libertad. Aunque sí creo que hay tener en cuenta algunos puntos que ayudarán a que nuestra oración tenga el espíritu de lo que Jesús nos enseña hoy.

Tal vez lo primero que deberíamos hacer es comenzar por el final del evangelio. Es decir: Pedir el Espíritu Santo. Él será quien inspire mejor en nosotros el modo de dirigirnos a Dios. Porque podemos decir que es el mismo Dios quien suscitará nuestra plegaria. Ya decía san Agustín: Nada de lo que digamos a Dios antes no ha sido inspirado por Dios mismo en nosotros.

El resto tiene que ver con “pedir en plural”. Por supuesto que muchas de nuestras oraciones son a título personal. Incluso creo que gran parte de la oración que hacemos es de forma individual. Pero si nos fijamos en el Padrenuestro, vemos que el tiempo verbal que utiliza es la primera persona del plural, el “nosotros”. Tal vez por dos motivos. Porque nuestra oración no debe ser egoísta, donde sólo prima el “yo”: Yo te pido, dame esto, dame aquello, yo necesito. También debemos pensar en el bien común, en los otros, en el que tenemos a nuestro lado y que también tiene necesidades. Y lo segundo seguramente tiene que ver con lo que Jesús quiere que hagamos: Que recemos juntos. ¿Cuántos nos juntamos a rezar? Está bien decir que la Eucaristía es una oración en común, pero ¿acaso somos capaces de reunirnos para hacer nuestra oración? No sé si hoy es una costumbre, pero lo era para las primeras comunidades cristianas. ¿Rezamos en familia?

Por otro lado, nuestra oración debe ser tenaz. No podemos claudicar en nuestras plegarias, simplemente porque las cosas que pedimos no suceden de un modo inmediato. Si nos fijamos en el ejemplo que nos trae el evangelio, vemos que la insistencia del que va a pedir pan a su amigo no queda reducida a una sola vez. Jesús mismo nos anima a insistir.

Lo siguiente será tener confianza. No podemos rezar y pedir y al mismo tiempo estar pensando: “No creo que Dios me conceda esto”, “es demasiado lo que le estoy pidiendo”, “tal vez el Señor nos conceda lo que pedimos, pero es muy difícil”. Tenemos que aprender a confiar y esperar, con la certeza de que ya lo tenemos y por consiguiente agradecer. ¿Acaso no nos dice el mismo Jesús, en el evangelio de Mateo, capítulo 11, versículo 24: «Por eso os digo que todas las cosas por las que oréis y pidáis, creed que ya las habéis recibido, y os serán concedidas»? Entonces, si creemos que ya las hemos obtenido, deberíamos agradecer.

Y aquí es donde vuelvo a citar aquella película alemana, “Hasta donde los pies me lleven”. Es que me parece percibir en aquél hombre que, aun viendo las condiciones en la que vive, no deja de buscar, de pedir podríamos decir, el volver a casa. Está convencido de que va a regresar con su esposa y sus hijos y es capaz de caminar 14.000 km., con tal de hacer realidad aquello que más anhela.

Si vale la comparación: ¿Hasta dónde hemos sido capaces de esperar, perseverar y pedir, con tal de que Dios nos responda? Y claro que surge otra duda: ¿Hasta cuándo? ¿Por qué Dios nos tiene que hacer esperar tanto? Tal vez la respuesta la podamos encontrar en lo que, otra vez, san Agustín nos dice: «Cuando nuestra oración no es escuchada es porque pedimos aut mali, aut male, aut mala. Mali, porque somos malos y no estamos bien dispuestos para la petición. Male, porque pedimos mal, con poca fe o sin perseverancia, o con poca humildad. Mala, porque pedimos cosas malas, o van a resultar, por alguna razón, no convenientes para nosotros”. (La ciudad de Dios, 20, 22).

Lo principal: Saber que Dios es nuestro padre y nos escucha.

Superar expectativas

Marta y María

Ciclo C – Domingo XVI Tiempo Ordinario

Lucas 10, 38-42
Jesús entró en un pueblo, y una mujer que se llamaba Marta lo recibió en su casa. Tenía una hermana llamada María, que sentada a los pies del Señor, escuchaba su palabra. Marta, que estaba muy ocupada con los quehaceres de la casa, dijo a Jesús: «Señor, ¿no te importa que mi hermana me deje sola con todo el trabajo? Dile que me ayude». Pero el Señor le respondió: «Marta, Marta, te inquietas y te agitas por muchas cosas, y sin embargo, una sola cosa es necesaria. María eligió la mejor parte, que no le será quitada».
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Para reflexionar acerca de este evangelio, tal vez nos puede servir como punto de partida, la película Invictus. Ésta nos cuenta acerca de cómo el Presidente Nelson Mandela se alía con el capitán de los Springboks, el equipo de rugby Sudafricano, para ayudar a la unidad del país. Y esto supuso un gran cambio en el orden social de Sudáfrica. Así entonces, con este escenario, creo que podemos pensar en la Palabra de Dios de este domingo.

Tenemos a Jesús que llega a la casa de Marta. María, hermana de aquella, se sienta a los pies del recién llegado, para aprender lo que éste tiene que decirle. La dueña de casa se afana con los quehaceres del hogar y se queja de que su hermana no le ayuda. Cristo, que no se enfada con Marta, ni la critica por hacer lo que hace, sí deja claro que María eligió la mejor parte y que no le será quitada.

Aquí podríamos sacar a la luz algunas conclusiones rápidas y ciertas, como que la escucha contemplativa de la Palabra de Dios es prioritaria. También podríamos agregar que la acción es la otra cara de la moneda. Y si bien esta dualidad, casi contrapuesta, de acción y contemplación se sostiene como explicación de este evangelio, creo que el mensaje que nos trae Lucas es mucho más profundo y trascendente. Está muy bien decir que reflejamos dos facetas, pero no nos podemos conformar sólo con eso y evaluar dónde nos situamos; si en el lugar de Marta o en el de María.

Jesús, no sólo en aquél momento, sino hoy también, nos está dejando un mensaje muy directo a la Iglesia entera. Y lo primero que podemos tener en cuenta es la igualdad que Dios quiere. Esto se desprende de la escena que el evangelista relata: María está sentada a los pies de Jesús. Aquél lugar, según las tradiciones de la época, estaba reservado para los discípulos, es decir, para los hombres. No para las mujeres. Sin embargo, Cristo deja, y quiere, que María ocupe ese sitio. Además, defiende esa situación y no quiere que cambie. Marta, por otro lado, es la que está correcta y socialmente bien ubicada. Sabe y cumple con el rol que le toca: El de la mujer. Debía atender al visitante y su función era ocuparse de los menesteres del hogar. Esto último, seguro que lo estamos calificando de machista. Y lo es. Pero la sociedad de aquél entonces funcionaba –y funciona, me parece– de ese modo. Y en esto vemos que Jesús respeta ese orden social, pero al mismo tiempo amplia las posibilidades que, en este caso la mujer, podía tener. La pregunta que surge entonces es: ¿Todavía seguimos viviendo, en alguna medida, en aquél esquema de vida social y religiosa?

Nosotros, cristianos, como Iglesia, no podemos menos que pensar en nuestro orden social, civil y eclesiástico. Creo que deberíamos repensar, si es necesario, muchas de nuestras formas y posturas y buscar una igualdad real, querida por Dios. Y aquí entran tantos temas como podamos imaginar: Igualdad de oportunidades, de justicia, de acceso a los servicios públicos, igualdad racial, igualdad entre varón y mujer, igualdad social, igualdad eclesial. Y esta es una de las tareas y misión que tenemos los bautizados: Que esto se haga realidad.

Aquella película, Invictus, hace referencia a la capacidad, tal vez única, de Nelson Mandela, para lograr la unidad del país. Él logra salir del encierro de una clase social y mirar más allá. Busca el perdón entre los blancos y los negros, para fundar sobre él un nuevo orden social. Si aquél presidente, como muchos políticos, sólo se hubiera abocado a defender a los de su clase, a los negros, nunca hubiera logrado superar el Apartheid. Y en nuestro caso, teniendo en cuenta el evangelio de este domingo, deberíamos escuchar la voz de Jesús, y comprender lo que desea. Quiere que aprendamos a superar nuestras diferencias, y que busquemos y defendamos una verdadera equidad. Esto requiere considerar al otro como una persona en igualdad de condiciones. Y si no las tiene, debemos dárselas y mantenerlas.

Entonces lo siguiente, tal vez sea pensar en casa, en nuestra Iglesia. ¿Qué orden establecido tenemos dentro? ¿Hombres y mujeres siguen teniendo un rol definido e inamovible? Hace poco, en el mes de mayo de este año 2016, se creó una comisión para estudiar la posibilidad de que las mujeres puedan volver a ser diaconisas en la Iglesia, tal y como lo fueron en el pasado. Y ojalá éste sea el inicio de un camino nuevo. Nuestra Iglesia necesita renovación y actualización en el modo de llevar el amor, la palabra y la esperanza que surgen de creer en Dios. No podemos quedarnos con hay pocas vocaciones masculinas para el sacerdocio. Las mujeres también pueden y deberían poder sumarse a este servicio. Al menos aquellas que se sientan llamadas a hacerlo. ¿Acaso no son también hijas de Dios, bautizadas, y por lo tanto profetas, sacerdotes y reyes? Tal vez deberíamos utilizar el género femenino y decir sacerdotisas, profetas y reinas. Todo fruto de la Gracia recibida en el bautismo. ¿O acaso reciben las mujeres un bautismo diferente?

Sabemos que hay suficiente fundamentos bíblicos y teológicos para decir “no” a esa posible realidad, como se ha sostenido hasta ahora, pero es algo que, tal vez, debería replantearse. La Iglesia, si quiere dar respuesta a la realidad de esta época, debe también buscar su mejor posición, su mejor y renovado orden eclesial, con tal de poder superar las barreras de la desunión y el desamor.

Queremos un mundo nuevo, fundado en la Palabra de Dios. Entonces habrá que empezar por la mejor parte, la de María, y sentarse delante de Dios para escucharlo, para aprender de él, para descubrir los caminos que quiere que andemos. Y después habrá que convertirse en Marta, dejando de ser sólo María, y actuar. Y para lograr que esto sea realidad, en palabras de Nelson Mandela, la Iglesia entera, es decir nosotros, poniendo la confianza en Jesús, «tenemos que superar nuestras propias expectativas».